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Sábado 01 de Noviembre de 2014 - 12:01 AM

Los mapas del viajero

Rubén Caruso, artista argentino, expone del 6 al 29 de noviembre en el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga una serie compuesta por pinturas, dibujos y esculturas que recogen su andar, físico y espiritual, de muchos años.

Hay en la obra de Rubén Caruso un inevitable hálito poético, como una nube suspendida que proyecta su sombra en la contemplación y permite ahondar, ir más allá de la superficie de la tela, de la expansión de la luz en el color; de la grafía enigmática y limpia en el dibujo; del gesto sobre el objeto casi desnudo, casi recién surgido de algún estrato subterráneo, con su esencia intacta, felizmente salvado del artificio ‒aunque parezca tratarse de ligeras máquinas de utilidad desconocida o pequeños tótems enigmáticos, quizá viajantes‒.

Se trata de una obra compacta en su estructura y su ritmo, cuyos colores se desenvuelven tranquilos, creando un ambiente onírico y sin fronteras; así su pintura se expande en forma serena por todo el espacio, con medidas justas de color y línea. Los colores pausados son protagonistas serenos, que envuelven el espacio con tranquilidad y ofrecen un ambiente espiritual de delicadas observaciones del entorno representado. Sus esculturas, que hacen eco armónico del lenguaje planteado por las pinturas, sugieren caminantes, vestigios de viajes extensos cuyos recuerdos han sido grabados como puntos o sutiles líneas imperecederas (tanto como dure la materia o persista la memoria), que gravitan en diálogo constante, señalando direcciones que alimentan la necesidad de cruzar el horizonte. Son caminantes conscientes de su origen, lo que quizás es su mayor equipaje y su más grande fortaleza.

Se percibe además la huella del que ha reflexionado, del que ahonda, del que busca y, pese a haber encontrado, sigue buscando. La obra es el relato de un tranquilo viaje interior signado por la observación serena. Por todas partes hay signos, pequeños trazos, gestos, señales, rasguños que van configurando una suerte de mapas, de cartografías que aluden a territorios de la memoria, del sentir, del pensar, y también a lugares que realmente existen, fácticos, pero imposibles de ubicar mediante coordenadas geográficas, brújula o rosa de los vientos alguna. La síntesis artística de Rubén Caruso da cuenta de tranquilas observaciones de la vida o de las experiencias emocionales propias, que se definen por la firmeza con que estas son representadas, sin ambigüedades, con precisión y una evidente madurez artística que nos permite relacionarnos con facilidad con aspectos puramente poéticos, de ahí que irradian una visión panorámica, extensa y aérea, como un mapa de experiencias interiores. Hay un sujeto invisible allí, uno que recorre concienzudamente y en silencio los parajes, y está el territorio mismo, transformado por ese pisar, una suerte de perenne camino ilimitado, cambiante, que se rehace a sí mismo siguiendo el ritmo de las estaciones del alma.

Los ejes de las pinturas se expanden desde una diversidad de símbolos que tienen la capacidad de formular diálogos periféricos, capaces de volver a su centro de emotividad. El caminante navega también, y su huella es aún más sutil en el agua rumorosa y quieta, se deshace aún antes de haber existido, sin embargo el aire se perturba, la luz se fragmenta, y el vestigio se sobrepone al tiempo. Desde otra perspectiva, se transparenta, asimismo, un mapa celeste, cuyos objetos son, acaso, nuevas constelaciones, resonancias de los vestigios hallados en la materia más sólida, de cuyo tiempo no hay memoria, y que quizá solo sobrevive en el ensueño, en el afán de juntar todos los planos de la existencia y encontrarle sentido a los incansables viajes que emprende el ser.

Así que las formas abstractas surgidas de las impresiones y las preocupaciones del artista, provocadas por una indagación ayudada por la razón, concluyen en un plano signado por elementos cuya esencia es espiritual. Entonces, aunque pareciera que el paisaje ‒que se revela en la pintura y el dibujo igual que en sus objetos‒ estuviera contenido, quieto, se adivina en él una sutil pulsación. La huella es el paisaje mismo, el paisaje está en la huella, y también es la nada, porque es inasible: escapa al tiempo. Y, sin embargo, perdura, inquieta, perturba, se sobrepone a la bruma del primer asombro: el de la luz, el color, los gestos y los rasguños que persisten en la materia, la existencia física, todo lo que es palpable a través de los sentidos.

La sugerente simplicidad de la obra de Caruso, evidente, por ejemplo, en los materiales que usa, su tono deliberadamente precario, exento de artificios y retorcimientos virtuosos, y en el montaje de las telas mismas, libera la atmósfera profunda de sus divagaciones y permite al espectador entrar a hacer parte activa de ese diálogo sostenido, de ese tener algo universal que decir, cuyo eco, quizás un poco apagado, sobrevive al alma humana, como un vestigio primigenio de lo que se es en el fondo.

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