Cuando fuimos niños oímos hablar en familia acerca de Samuel Arango Reyes. Se casó con la mujer noble Hersilia Mantilla Sorzano. Fue gran amigo de mi padre, con quien mantuvo compromiso solidario. En 1930 recibió su título de Bachiller en el Colegio San Pedro Claver de esta ciudad. En la Universidad Javeriana recibió el grado de Doctor en Derecho y Ciencias Económicas. Inició su carrera en el Poder Judicial como Juez Superior en Bucaramanga y la culminó con carácter de Magistrado del Consejo Superior de la Judicatura. Miembro del Partido Liberal al que representó en varias posiciones; Secretario de Gobierno, Gobernador de Santander en dos ocasiones, Alcalde de Bucaramanga, Registrador de Instrumentos Públicos y Privados del Departamento, Ministro de Justicia en el Gobierno de Mariano Ospina Pérez, Consejero a la Legación de Colombia ante la Organización de Naciones Unidas, ONU y Gerente de Ecopetrol. En calidad de Jurisconsulto, de político, de escritor y hombre de gran mérito, mereció el respeto en la comunidad por su probidad como regla de nuestros actos, enriquecida por una instrucción clásica. Autor del libro bien escrito “La Reforma Constitucional del año 36” y dejó un estudio inédito sobre el insigne General Rafael Uribe Uribe. Sobre Arango Reyes, escribió Roberto Harker Valdivieso, quien legó en la obra “Otros Autores Santandereanos” una pequeña biografía y una Ponencia sobre “Jurisprudencia y Doctrina”, de fecha 24 de julio de 1980. El año pasado se celebró el primer centenario de su natalicio. Lamentablemente esa efeméride no fue destacada y pasó inadvertido un hombre como él, que defendió los intereses de sus nacionales. Su labor como Alcalde, como Gobernador de Santander y como Gerente de Ecopetrol fue relevante y sobre todo dejó una marca indeleble de pulcritud, lealtad y respeto. Lo conocimos muy de cerca y fue persona de nuestro mayor aprecio. Samuel fue un personaje del siglo XX que hizo época como Estadista. Actualmente, seres humanos de tan altas calidades nos hacen falta para que lleguen a posiciones nacionales y lleven en alto el nombre de nuestra tierra. La rectitud en los cargos que ejerció durante su vida pública es intachable. Jamás se oyó un clamor de angustia de su pueblo. Los gobernantes en aquel entonces pasaron a la historia como hombres probos, serios y comprometidos con el cumplimiento de un deber que suele a veces ser difícil, basado en la Constitución y las Leyes. Murió en Bogotá en 1987.