No me detengo a hacer una pormenorizada descripción de los recodos y monumentos de Dubvrovnik, pero algunos me llamaron particularmente la atención como las dos fuentes de San Onofrio (la grande situada en la entrada principal y la pequeña en la plaza central) que aún hoy proveen de agua abundante, fresca y pura a los visitantes, los hermosos recipientes y armarios de la “farmacia” del convento de los franciscanos y la columna de Roldan, el famoso héroe nórdico medioeval, levantada en el centro de la plaza central en honor del emperador Segismundo, gran amigo y protector de la ciudad. Gracias al arraigado sentido de ciudadanía y pertenencia cultivado por su sistema de república aristocrática libre Ragusana y su amor por la autonomía y la libertad, la “libertas” que engalana su bandera, pudo sobrevivir y progresar sin grandes problemas durante toda su azarosa historia, sin convertirse en un botín codiciado por las potencias debido a su estratégica posición geopolítica, clave para el comercio mundial y para las guerras de sus tiempos. ¿A qué se debe su éxito político y económico? En primer lugar su preocupación por el autoabastecimiento y la seguridad como lo demuestran sus murallas y el copioso abastecimiento de agua y sal, artículos de primera importancia para la sobrevivencia y para el comercio marítimo ya que eran los elementos indispensables para el aprovisionamiento de los barcos. Su provisión de agua se logró mediante la canalización subterránea e inexpugnable de un copioso manantial situado a 12 kilómetros de la ciudad. La ciudad se apoderó además del monopolio de la sal de la región mediante la compra de la única salina existente que ya funcionaba en tiempo de los romanos. Aunque en religión la ciudad optó por el catolicismo, su política liberal y de tolerancia la hizo respetable a todas las confesiones. Su auge económico se basó en su adaptabilidad a las circunstancias. En los primeros siglos su riqueza provino primordialmente de la explotación y comercialización de las minas de plata y plomo situadas en Bosnia y Serbia. Cuando en el siglo XV los musulmanes se apoderaron de aquellas regiones, el centro de producción giró alrededor del fomento del comercio, la actividad portuaria y la construcción naval. En los tiempos modernos la economía viró hacia la explotación turística de sus bellezas naturales, históricas y artísticas. Hoy Dubrovnik es el paraíso del turista. El cuidado de sus costas y monumentos y en particular de sus intocables murallas es una obsesión colectiva. Su “corralito de piedra” es inferior en tamaño al de nuestra Cartagena pero es venerado y consentido como una reliquia sagrada y a él no pueden acceder ni automotores ni carros de caballos pues el rey de ciudad es el peatón, imperturbable su tranquilidad y extraña la contaminación.