Miércoles 07 de Marzo de 2018 - 11:42 AM

“Mi patio es El Carrasco, el basurero de Santander”

María Cristina Hernández vive en una finca que colinda con el relleno sanitario El Carrasco. La vista desde su patio delantero es una pila de desechos y árboles llenos de gallinazos. Así es su día a día, a pesar del riesgo a su salud.
César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL
“Mi patio es el basurero de Santander”
(Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)

La parosmia, según El Instituto Nacional sobre Sordera y Otros Desórdenes de Comunicación (Nidcd, por sus siglas en inglés), es un cambio en la percepción normal de los olores, por ejemplo, cuando se distorsiona el olor de algo o se deteriora la función olfatoria para identificar correctamente a qué huele algo.

A pesar de que no hay dictamen médico que respalde eso, a María Cristina Hernández  hace algún tiempo le sucede algo así.

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Está parada justo en el límite que separa su finca Villa Sofía (perteneciente a Girón) del terreno donde está ubicado el relleno sanitario El Carrasco. Su vista es una montaña de basura y una retroexcavadora que revuelca la pila de desechos. El olor, inaguantable.

Ella, con café en mano y sin asomo alguno de asco o intolerancia, toma sorbos de tanto en tanto y respira con calma.

Hace más o menos seis años vive allí, entre la tranquilidad del campo y la actividad del relleno.


-“Mi patio es el basurero de Santander, pero a mí ya no me huele”.

El cóndor de la Emab

-“Yo creo que ese chulo está enfermo. Pobrecito el bobito, no se ha movido de ese palo en todo el día, dice María Cristina, en tono preocupado, señalando al animal que está en  uno de los árboles de la entrada de la finca y que no se ha movido hace horas.

-¡Qué pobrecitos ni que nada!, le responde el esposo de su sobrina, quien ese día está de visita e intenta ahuyentarlos.

Los buitres, como si se burlaran,  solo pasan de una rama a otra.

Los árboles de Villa Sofía no tienen flores ni frutos. Están repletos de gallinazos. Sobre todo desde principios del año pasado, cuando la Emab, operador del relleno, inició trabajos justo en frente del patio de su casa.

Así como se acostumbró al olor,  María Cristina también lo hizo con  ellos.

-“Ya sabe, el ser humano se acostumbra a todo. ¿Quién más puede decir que tiene en su patio varios cóndores? Porque esos no son chulos, son el cóndor de la Emab”, se ríe.

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La manada de aves se posa en las ramas de sus árboles desde hace casi el mismo tiempo que el relleno empezó a funcionar. Allí encontraron donde escapar de las  piedras y la pólvora (voladores) que los trabajadores del basurero tiran para espantarlos.

Hace más de 61 años, cuando María Cristina apenas era una niña, su padre compró ese terreno. Olía a campo. Había pájaros, ardillas, flores y el cóndor de la Emab no se asomaba. La familia se reunía en las épocas especiales y a pesar de la tierra árida algunos cultivos prosperaban. Hoy no.
Los únicos que merodean son sus perros, gatos y los ‘chulos’.

- “Y una cantidad de bichos raros, que nunca había visto en mi vida. Se lo juro, unos gusanos rarísimos y bichos voladores que ni idea. Pero eso sí, por acá no se asoma ni un canario, carpintero o loro”, cuenta.

 

Tampoco es que se asomen mucho sus familiares, para quienes el lugar era el punto de encuentro preferido antes de que lo primero que se encontraran al entrar fuera un montón de basura.

“No les gustan los cóndores”, se burla María.

Sin solución

Hace 40 años empezó a funcionar el relleno sanitario El Carrasco. Antes de eso, los desechos iban a parar a las quebradas y ríos y no existía ningún control ambiental. Fue hasta 1978 que se determinó que un lugar ubicado al sur de Bucaramanga  con límites en el municipio de Girón era el indicado para construir un basurero. Y así se hizo, primero a cielo abierto y luego como relleno sanitario.

María Cristina, quien en ese tiempo no vivía del todo allí, pero sí iba con frecuencia, recuerda todo. Desde el olor que ya no percibe hasta los pedazos del terreno que ya han utilizado, las basuras saliendo por la carretera, los lixiviados cayendo a las cañadas y los múltiples intentos por solucionar.-“¿Vender?Nunca, prefiero vivir en el cielo, detrás de un infierno, que vivir dentro de cuatro paredes. Quieren que uno venda a precio de huevo, pues no están ni tibios. Aquí me quedo.

Llevo 40 años aguantándome, pues me aguanto lo que sea”, asegura. En varias ocasiones han tratado de comprarle la finca para que haga parte del relleno, pero ni ella ni sus hermanos, quienes también son dueños, quieren vender, pues es el recuerdo que tienen de sus padres y su niñez.

Les han escrito a las entidades competentes sobre la pólvora que no solo espanta los gallinazos hacia su finca, sino que ocasiona incendios, sobre la cercanía de las basuras y el riesgo para su salud, sobre los lixiviados que están cayendo en su propiedad, sobre la fauna y flora que no sobrevive, en fin.
Nunca ha habido una respuesta más allá de “pues venda y váyase”.

La costumbre

A las 4 p.m. el olor es insoportable, los moscos no dan tregua, la retroexcavadora remueve los residuos sin parar, los buitres empiezan a hacer círculos en el cielo y los perros ladran como si estuvieran asustados; sin embargo,  María Cristina prepara capuchino, sirve en un pocillo para ella y en otro para su sobrina, la que más la visita, y se sienta mirando hacia el basurero.

- ¿No le molesta el olor?

- “No huele a nada”, responde.

-“Sí huele tía, sí huele”, le refuta su sobrina mientras hace un esfuerzo para beber.

Si bien es consciente de que las constantes alergias, gripas e infecciones que le dan tienen que ver con su cercanía a El Carrasco, de que su familia ya no ve a Villa Sofía como la casa de las reuniones y de que hasta los más chiquitos, que antes jugaban y no le prestaban atención a los olores, se empezaron a quejar, ella repite que no se va.

-“Nosotros estuvimos primero y de aquí no nos saca ni la Alcaldía, ni la Emab, ni el cóndor. Qué tal uno facilitarles que sigan haciendo mal la tarea”, expresa.

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