Cultura
Miércoles 06 de mayo de 2026 - 03:22 PM

El arquitecto santandereano que ha dejado seis millones de metros cuadrados en Bucaramanga

A los 10 años, Eduardo Augusto Rojas Valenzuela dibujó una reja para un restaurante en San Gil. Décadas después, su familia la encontró todavía en pie. Esa imagen resume la vida de un arquitecto que convirtió el dibujo en ciudad y cuya obra, reconocida por la Sociedad Colombiana de Arquitectos, dejó más de 150 proyectos y una huella decisiva en la Bucaramanga moderna.

El niño que dibujó una reja y el arquitecto que ha dejado seis millones de metros cuadrados de ciudad. Foto suministrada/VANGUARDIA
El niño que dibujó una reja y el arquitecto que ha dejado seis millones de metros cuadrados de ciudad. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

Cuando tenía apenas 10 años, Eduardo Augusto Rojas Valenzuela dibujó una reja para el cerramiento del famoso restaurante Pozo Azul, en San Gil. Era un niño, pero ya trazaba líneas con la seriedad de quien parecía saber que el dibujo sería su manera de estar en el mundo.

Décadas después, su familia volvió a encontrarse con esa reja todavía en pie. Para Iván Rojas, hijo del arquitecto, fue una escena mínima y poderosa: la prueba de que la vocación de su padre no apareció de repente, sino que venía desde la infancia.

“Desde peladito siempre quería ser arquitecto. Se destacaba por su dibujo”, recuerda Iván sobre su papá. “Muchos años después nos encontramos en San Gil con una reja que él había diseñado cuando tenía 10 años. Para nosotros fue muy emocionante y nos sentimos muy orgullosos de encontrar cosas que él hacía desde niño y que todavía estuvieran por ahí”.

Esa imagen resume buena parte de la historia de Eduardo Augusto Rojas: una vida dedicada a dibujar, ordenar y construir espacios que, muchos años después, siguen resistiendo el paso del tiempo.

El pasado 11 de abril de 2026, en el auditorio de Cajasan, durante la Asamblea General de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, regional Santander, la Junta Directiva rindió un homenaje especial a la vida, obra y trayectoria del arquitecto sanjileño.

El reconocimiento fue formalizado mediante el Acuerdo No. 001 de 2026, a través del cual la SCA Santander exaltó su invaluable contribución al desarrollo urbano, arquitectónico y gremial de la región, así como su liderazgo como expresidente de la entidad.

URBANIZACION LA ALDEA. 1984 Foto suministrada/VANGUARDIA
URBANIZACION LA ALDEA. 1984 Foto suministrada/VANGUARDIA

Durante el acto se presentó el documento “Vida y Obra - Augusto Rojas”, elaborado por Rojas Arquitectos, una memoria visual y profesional que recoge buena parte del legado de un arquitecto considerado figura fundamental en la consolidación de la arquitectura moderna en Santander.

El homenaje reconoció una trayectoria de más de cinco décadas, con más de 150 proyectos y cerca de seis millones de metros cuadrados entre arquitectura y urbanismo diseñados y construidos.

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“Hasta 2012 contamos 158 proyectos, pero de ahí para acá ha habido más”, explica Iván Rojas. “Eso es mucha ciudad construida”.

La historia profesional de Eduardo Rojas en Bucaramanga comenzó en 1970. Había nacido en San Gil, estudió Arquitectura en la Universidad América, en Bogotá, y trabajó desde muy joven en distintos despachos. Recién casado, llegó a la capital santandereana por invitación del arquitecto Enrique Quiroga, quien lo vinculó a la oficina de Antonio Moreno, considerada en ese momento una de las más importantes de la ciudad.

Su llegada coincidió con un proyecto clave: la biblioteca de la Universidad Industrial de Santander. Rojas había hecho su tesis de grado sobre bibliotecas y terminó participando en el desarrollo de ese proyecto para la oficina de Moreno.

Después vinieron sus primeros encargos individuales. Uno de ellos fue la Casa Mantilla, que más de 50 años después permanece casi intacta.

Para Iván, esa casa es una pieza valiosa de la arquitectura moderna bumanguesa. “No le han hecho absolutamente nada, no le han hecho una reforma. Es un testimonio de la arquitectura moderna”, dice. Y advierte que buena parte de esa arquitectura de los años setenta ha desaparecido bajo nuevas construcciones.

URBANIZACION NEPTUNO   Barrio Diamante 2 1978. Foto suministrada/VANGUARDIA
URBANIZACION NEPTUNO Barrio Diamante 2 1978. Foto suministrada/VANGUARDIA

Otra obra destacada fue la Casa Ramírez, mencionada en la conmemoración de los 360 años de Bucaramanga y reconocida en la Bienal de Arquitectura Colombiana. La casa fue demolida. En su lugar se levantó un edificio.

Ese contraste atraviesa la memoria urbana de la ciudad: obras que permanecen casi intactas y otras que solo sobreviven en fotografías, planos o recuerdos familiares.

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Entre los proyectos más importantes de Eduardo Rojas aparece Ciudad Neptuno, un conjunto residencial que, según Iván, cambió la forma de pensar la vivienda multifamiliar en Bucaramanga.

No fue un proyecto que simplemente siguiera la trama urbana tradicional. Su propuesta consistió en orientar los edificios de otra manera, generar vacíos, zonas verdes y una organización espacial distinta.

“Lo que le da tal poder a ese conjunto es que, 50 y pico años después, permanece vigente”, señala Iván. “La gente quiere seguir viviendo ahí y permanece más o menos intacto”.

Para él, esa permanencia es una de las mayores pruebas del valor de la arquitectura de su padre. “La gente vive bien ahí”, insiste. Esa frase parece sencilla, pero contiene una idea profunda: la arquitectura no se mide únicamente por su forma, sino por la vida que permite adentro.

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Ciudad Neptuno también fue uno de los grandes retos de la familia Rojas. En medio de una crisis económica nacional, los créditos fueron limitados y la financiación del Banco Central Hipotecario obligó a que los apartamentos no superaran el millón de pesos.

“Los apartamentos de Neptuno salieron a 970.000 pesos”, recuerda Iván. “El reto fue grandísimo porque fue una pérdida económica total. Ahora, quedó para la ciudad”.

El proyecto inicial contemplaba siete torres, pero solo se construyeron cinco. Aun así, dejó una huella urbana decisiva. En esa obra se hizo casi todo en sitio: ladrillos, carpintería, luminarias y procesos de construcción. También participaron mujeres en labores de apoyo en obra, algo poco común para la época.

“Fue tal vez la primera y la única construcción que se hizo con participación directa de mujeres”, afirma Iván. “Las teníamos permanentemente haciendo aseo y como ayudantes de construcción. Era un tema que estaba delegado a los hombres, pero ahí se configuraron equipos muy lindos”.

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La obra de Eduardo Rojas se extendió por distintos puntos de Bucaramanga y su área metropolitana. Están Torres de Cañaveral, recordado por introducir un sistema constructivo novedoso; edificios residenciales como El Altillo, La Alhambra, Alcatraz, Olympus, La Posada de los Cerros y proyectos en Cabecera, Provenza, Ciudadela Real de Minas, Cañaveral, Piedecuesta y Girón.

CENTRO COMERCIAL CAÑAVERAL 1981 Foto suministrada/VANGUARDIA
CENTRO COMERCIAL CAÑAVERAL 1981 Foto suministrada/VANGUARDIA

También estuvo el proyecto original del Centro Comercial Cañaveral, que Iván recuerda como uno de los mejores centros comerciales que tuvo la ciudad por sus circulaciones abiertas y su concepción espacial. Con el paso de los años, ese diseño fue transformado por intervenciones posteriores.

“Desafortunadamente lo destruyeron por completo. Ya no queda ni el recuerdo de lo que era el centro comercial”, dice Iván.

Una de las marcas de la obra de Eduardo Rojas fue su manera de trabajar el urbanismo. En sus conjuntos residenciales, la disposición de los edificios no obedecía únicamente al lote disponible, sino a la luz, la ventilación, la orientación y la posibilidad de crear zonas comunes con sentido.

Iván lo resume así: “La manera como él pensaba el urbanismo, la manera como organizaba el espacio, hacía que el solo hecho de no responder a la trama urbana tradicional, sino a una orientación determinada, generara vacíos urbanos que se consolidaron en áreas verdes. Eso hace que aún hoy, 50 años después, la gente viva bien ahí”.

También hubo una búsqueda estética. En una ciudad donde durante años predominaron los edificios de ladrillo rojo, la oficina de Rojas empezó a introducir otros colores y materiales. Aparecieron fachadas grises, azules, verdes, moradas y tabaco. Era una manera de vestir la ciudad con otra paleta.

“Empezamos a vestir un poco la ciudad de color”, recuerda Iván. “Aparecieron edificios grises, edificios morados, edificios azules, Premier verde. Hay una cromática distinta que empieza a generar una estética diferente en la ciudad”.

Según Iván, muchas decisiones exteriores nacían de la búsqueda interior: ventilación natural, iluminación adecuada y mejores condiciones de habitabilidad.

“Él empezaba a darle giros al espacio permitiendo tener ventilaciones naturales en absolutamente todos los espacios. Los baños todos con ventilación natural. Era la búsqueda de las aperturas y el giro de los volúmenes para encontrar localización e iluminación adecuada”, explica.

La oficina de Eduardo Rojas también fue una escuela. Por allí pasaron dibujantes, arquitectos y profesionales que luego desarrollaron carreras importantes en la ciudad. Durante años, todo se hacía a mano: planos, perspectivas, detalles y entregas gráficas.

El nivel de exigencia era extremo.

“El perfeccionismo de papá hacía que las entregas fueran absolutamente inmaculadas”, cuenta Iván. “Nosotros no podíamos entregar un plano que tuviera una cuchilla de borrador en ningún lado”.

Ese rigor ayudó a construir un lenguaje propio. Iván asegura que su padre logró consolidar una estética reconocible, al punto de que otros profesionales terminaron replicando algunas de sus ideas.

“Papá logró construir, a través de todos sus años, un lenguaje absolutamente propio”, dice.

CONJUNTO VACACIONAL EL BARRIO CLUB NAUTICO 1988.  Foto suministrada/VANGUARDIA
CONJUNTO VACACIONAL EL BARRIO CLUB NAUTICO 1988. Foto suministrada/VANGUARDIA

En 1986, Iván se incorporó a la oficina familiar. Su papel fue clave en la transición de la producción análoga a la digital. Pasaron de los planos hechos a mano a los primeros renders, en una época en la que producir una imagen podía tardar días o semanas.

“Mi rol cuando entré a la oficina de papá fue llevarla de la producción análoga, con las manos, a la producción digital en el computador”, recuerda. “Costó muchísimo trabajo porque al principio las herramientas digitales eran tremendamente limitadas”.

La familia Rojas suma hoy tres generaciones vinculadas a la arquitectura. Eduardo, el fundador; Iván, la segunda generación; y Juan Sebastián, nieto del homenajeado, quien representa la continuidad de una tradición familiar marcada por el diseño y la ciudad.

Entre los proyectos simbólicos también aparece el templete construido para la visita del papa Juan Pablo II a Bucaramanga, en 1986. Iván recuerda que fue el primer proyecto en el que puso “una rayita” dentro de la oficina.

La estructura fue pensada como una obra efímera: una cúpula sostenida por una pluma de construcción pintada completamente de blanco. Después de la visita, el montaje fue desmontado. Lo que quedó fue el monumento que aún permanece como testimonio de aquel momento.

El reconocimiento a Eduardo Augusto Rojas también abre una conversación sobre Bucaramanga. Para Iván, la ciudad perdió capacidad de planificación urbana y se quedó atrás frente a otras capitales como Barranquilla o Medellín.

“En la parte urbanística nos quedamos atrás”, afirma. “No hay un diseño urbanístico donde se permita el desarrollo ordenado de la ciudad. Esto es un desorden”.

Según él, Bucaramanga ha crecido muchas veces al ritmo de los propietarios de predios y de los desarrolladores, más que a partir de una visión colectiva. A eso se suman perfiles viales estrechos, dificultades de movilidad, deterioro de espacios públicos y falta de trabajo en equipo.

“A los santandereanos nos ha faltado un poquito la capacidad de trabajo en equipo para lograr entre varios construir la ciudad con un norte”, señala.

CONJUNTO RESIDENCIAL  PLAZA REAL 1990 Foto suministrada/VANGUARDIA
CONJUNTO RESIDENCIAL PLAZA REAL 1990 Foto suministrada/VANGUARDIA

Aun así, cuando Iván mira la obra de su padre, aparece una satisfacción difícil de discutir: muchos de esos proyectos siguen vivos, habitados y valorados. No son piezas abandonadas ni edificios que envejecieron mal. Son lugares donde la gente todavía quiere vivir.

“Los proyectos de los que hemos hecho parte permanecen en el tiempo, desarrollan vigencia y, sobre todo, la gente vive bien ahí”, dice. “Esa es la mayor satisfacción: ver cómo la arquitectura tiene un impacto social en las personas”.

Esa puede ser la medida más justa del legado de Eduardo Augusto Rojas Valenzuela. No solo los premios, los metros cuadrados o la lista de obras. También la permanencia. La posibilidad de que un edificio, una casa o un conjunto residencial sigan teniendo sentido varias décadas después.

Como aquella reja que dibujó cuando era niño en San Gil, su arquitectura parece haber sido pensada para quedarse. En Bucaramanga, muchas de sus líneas todavía están ahí: convertidas en fachadas, torres, parques, apartamentos, sombras y memorias urbanas.

Publicado por: Redacción Cultural

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