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Martes 18 de Julio de 2017 - 12:01 AM

Hay gente que pretende pasar por encima de los demás

De manera desafortunada, nos encontramos con individuos a los que les gusta humillar a los demás. Con el afán de figurar, pisotean los derechos de sus compañeros.

Hay personas que andan por el mundo entre cristales de aumento: en la oficina, en la universidad y en la calle siempre vemos seres necios y presuntuosos.

Un importante cargo en la empresa, un apellido ilustre, una buena cantidad de dinero en el banco y hasta una buena ‘pinta’ aumentan la ridícula idea de creerse más que los demás.

La verdad es que la soberbia es tan fuerte que muchas veces opaca al sentido común. En la política, en los negocios y sobre todo en los sentimientos tal petulancia juega un papel tan relevante que, por culpa de ella, se comenten muchos atropellos.

Cuántas mujeres y hombres son inteligentes pero, al mismo tiempo, ‘se creen estrellas’ y terminan realizando toda serie de estupideces.

El que se siente más que su prójimo jamás concibe la igualdad, el respeto y la tolerancia. Tampoco reconoce un error, es altivo y se rodea de mediocres que no hacen otra cosa que celebrarle sus ridiculeces. ¡Y es tan tonto, que se lo cree!

El soberbio nunca acepta que se equivoca y siempre busca que se le dé culto a su absurda personalidad o forma de ser. Su ‘liderazgo’ se basa en su falso ‘don de mando’.

¿Sabe algo? Un corazón soberbio encierra una profunda inseguridad. Por eso, el arrogante quiere cubrir sus vacíos y busca aprobación para que sus temores desaparezcan.

Nunca se deja aconsejar, porque mira a los demás como si fueran de menor rango que él. De igual forma, menosprecia las sugerencias de los otros, pues las considera de poca valía.

Un soberbio no conoce limitaciones. Por eso hoy vemos pueblos que padecen toda serie de injusticias, solo porque sus dirigentes se creen los dueños del mundo.

Mejor dicho: La soberbia es un mecanismo de compensación a la profunda pobreza de alma. La idea de ultrajar a los demás absorbe al soberbio, convirtiendo su desprecio en la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano.

Lo que más me angustia de alguien así es que en él no hay espacio para Dios. Grave cosa porque si hay algo que Jesucristo criticó fue la autosuficiencia y la prepotencia de los fariseos, quienes se creían inmaculados e impecables.

Y de ese tiempo a los nuestros este mal sigue vivo. ¡Cuántos hogares se destruyen por la soberbia de los cónyuges! Hay infinidad de casos de jefes que lastiman, lesionan y humillan a sus subalternos.

Si usted es soberbio le recuerdo que lo que se comienza con arrogancia, termina con vergüenza, pues tarde o temprano Dios le moverá el piso y le aseguro que el totazo será fuerte.

Recuerde que una manera sana de aprender el arte de vivir con humildad consiste en apostarle a ser bondadoso y humilde. Cuando alguien es sencillo, crea un aura de paz sobre su vida y, de paso, atrae grandes bendiciones. No en vano alguien decía que la humildad nos acerca a la Gloria de Dios. ¡Y tenía razón!

Reflexionemos y tengamos en cuenta que el orgullo hace que nos sintamos ‘gigantes’ o ‘falsamente poderosos’, en medio de un mundo que en últimas gira para todos por igual.

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