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Domingo 17 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Valorar lo que tenemos

Los invito a reflexionar sobre esas cosas bellas que hemos logrado, en lo que hoy tenemos y, sobre todo, en esos seres especiales que comparten nuestras vidas. Debemos dar gracias por todo lo que Dios nos ha permitido disfrutar.

Nos arrepentimos más de lo que no hacemos que de las cosas que realizamos. Lo menciono porque nos la pasamos llorando por lo perdido, por el tiempo que se fue, por esa pareja que no conquistamos, por el negocio que se esfumó, por no haber amado a alguien de verdad, por el reto profesional que no emprendimos, en fin...

Se nos hace difícil darle el puesto que se merece a cada cosa que tenemos, a cada detalle que la vida nos regala y a cada persona bonita que llega a nuestro mundo.

Estamos más preocupados por contabilizar todo lo que nos falta, y en ese orden de ideas poco nos importa saborear los tesoros que Dios nos regala con cada amanecer.

Nos hemos acostumbrado a no darle el valor a lo que tenemos en el día a día, al punto de descuidarlo y perderlo.

Cuando dejamos marchar esa parte de nuestra vida, aquella que luego reconocemos que era importante, terminamos sufriendo.

Errores o no, siempre se nos despiertan sentimientos de conciencia que evidencian un profundo arrepentimiento.

Cuando eso pasa, sentimos un extraño vacío. La verdad es que la nostalgia embadurna nuestras almas por lo que se nos escapó de las manos.

¿Por qué dejamos ir lo que más queremos? ¿Por qué somos tan ciegos y no cuidamos lo que el Creador nos da?

Tal vez estamos confundidos buscando cosas o personas que no nos convienen. No entiendo por qué salimos a buscar lo que, muchas veces, está a nuestro lado.

Es probable que la confianza excesiva y el afán por lo material terminen siendo nuestros propios talones de Aquiles. Nos creemos indestructibles por una falsa vanidad, que no es otra cosa que la espuma del orgullo.

Y es esa petulancia la que sale a flote, sin prever que ella no nos deja ver que tenemos salud, que somos afortunados por la familia que hemos conformado, que ejercemos una bella profesión y que hay gente valiosa que está junto a nosotros.

Lo que ahora poseemos, mañana puede que ya no esté. Hoy tengo un trabajo estable, mañana quién sabe si podré seguir laborando en mi empresa; no respetamos nuestras relaciones y luego lloramos porque esos amores se alejan de nuestro lado; hoy tengo vida, mañana no sé; algunos tienen la dicha de tener a sus padres vivos, pero ellos no serán eternos.

¡Cuántos se han visto pobres de la noche a la mañana! Aún en el origen de todas las grandes fortunas podemos encontrar cosas que nos pueden hacer trastabillar los bolsillos.

Así que nos viene bien un poco de humildad en lo que hagamos, así seamos ejecutivos de una gran empresa o los sencillos lustrabotas de esa misma compañía. Lo importante es estar satisfechos con lo que hacemos, más allá de los títulos, los apellidos o la plata que tengamos.

Podremos pretender ser invencibles como lo creyó el mítico Aquiles, pero al final todos, de alguna forma o en algún momento somos vulnerables.

Si nos quedamos sin nada por nuestra indiferencia, al igual que cuando fallamos por nuestras soberbias, debemos redimirnos, crecer espiritualmente y, por supuesto, no cometer los mismos errores.

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