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¿El fin de la seguridad democrática? | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-11-10 05:00:00

¿El fin de la seguridad democrática?

Pasan los días y conocemos más detalles sobre la renuncia del General Mario Montoya. Por ejemplo, el Presidente le confirmó a la opinión pública que él mismo le pidió a Montoya que se quedara, pero que el soldado de más de 35 años en servicio insistió en irse.
¿El fin de la seguridad democrática?

Con ello queda claro que no hay tal reconocimiento de responsabilidad política en la salida del General, como algunos medios insisten amañadamente. Nos parece, más bien, que se trata de una cuestión de honor sumada a una íntima convicción de que con sus ‘muchachos’ se dio paso a un juzgamiento anticipado, sin que mediara un debido proceso en el que el sagrado derecho a la defensa pudiera manifestarse.

Parece que en el trasfondo de esta historia existiera un tufillo de decepción y que un tropero como Montoya se decepcione de sus superiores y de las decisiones que toma el régimen al que ha servido con lealtad, es un golpe mortal para el modelo de la seguridad democrática. ¿Cuántos soldados estarán pensando que es mejor no tomar riesgos? ¿Cuántos medirán sus balas y a cuántos les habrán extirpado toda iniciativa en el combate? No nos llamemos a engaños.

La moral de las tropas debe estar en su punto más bajo.

Difícil le quedará al Fiscal no encontrar méritos para procesar a los 27 militares expulsados de las filas del Ejército, cuando de precedente tiene las duras palabras de Uribe y los llamados a la baja del ministro y del General Padilla. El gobierno juzgó y condenó a tres generales sin escucharlos y si esa fue la suerte que corrieron quienes están al mando, los soldados rasos temerán ahora por sus carreras y se acobardarán explicablemente para evitarse una investigación penal o disciplinaria.

A ello, habría que agregar que de tramitarse la ley de víctimas en el Congreso y de incluirse los dichosos ‘crímenes de Estado’, los militares preferirán no disparar, no perseguir y no capturar, para que las víctimas, que aparecerán por mil, no pidan reparaciones impagables a un Estado que cada día se encuentra más débil.

La seguridad democrática podría estar llegando a su fin, pues no hay ejército que aguante tantos golpes y que vea tan mermada su capacidad de acción real, sin por lo menos echarse a la pena o moderar hasta la inutilidad sus actuaciones.

Sin soldados que encuentren respaldo en las instituciones y en la sociedad para ganar la guerra, todo está perdido. No podemos seguir confundiendo el respeto por los derechos humanos con la persecución desenfrenada a las Fuerzas Militares de que ahora estamos siendo testigos. ¿Será este el fin de la seguridad democrática?

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