
Pero Pablus Gallinazus -por urbanos, tangibles y populares que sean sus versos- fue más bien comandante de esa subversión cultural, hija de la rebeldía contra los dogmas y del inconformismo por la pobreza de la educación colombiana, que terminó denominándose nadaísmo.Son 50 años de un movimiento intelectual de los que se echan de menos, que se auto-impuso la misión de no dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio, con poetas de la talla de Gonzalo Arango, Jotamario Arbelaez, Eduardo Escobar, Gómez Jattin y otros. Desde luego, estos escritores de alcantarilla desbordaron moldes y deshicieron ritos literarios, por aburrimiento, con lo que escandalizaron a los clásicos. Juan Gustavo Cobo Borda descalifica a los nadaístas y en su libro La patria boba reivindica los grandes clásicos colombianos como Mutis y Aurelio Arturo. Santander está en la jugada. Con Mutis, al lado de los Ortiz González (Rafael y Carmen), Vargas Osorio, Arciniegas y muchos otros, la poesía clásica nuestra es laureada, a pesar de su escasa divulgación en el ámbito cultural y académico local. Pablus constituye el bastión santandereano en el nadaísmo, un grande de la cultura nuestra que ha pasado su vida entre la inspiración y el desencanto: y yo camino y no termino; seré yo así o es que el camino no tiene fin. Hoy este santandereano es celebrado con euforia en Bogotá, con un concierto que es parte de la conmemoración de los 50 años del nadaísmo, mientras esta tierra, fecunda pero ingrata, calla perdida e indolente. Mientras escribo estás líneas se prepara en la Biblioteca Nacional de Colombia el recital de Pablus. Se oirán sus canciones; unas de protesta social como la Flor para mascar y La mula revolucionaria, y otras de realismo fresco y romance urbano, mientras evocamos tu blue jean en la arena, olvidado quedó; mi camisa, tu saco y mis viejos zapatos, tu reloj y mi reloj, y tendremos ahora un millón de relojes de arena y de sol. Aplausos para Pablus.