El relojero que decidió pensionarse | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2010-05-09 05:00:00

El relojero que decidió pensionarse

Así describe Benedicto Bernal su labor empírica como relojero, un trabajo que tiende a desaparecer y que tiene pocos herederos.
El relojero que decidió pensionarse

Benedicto Bernal ha vivido m√°s de siete d√©cadas consolidando y haciendo correr el tiempo; guardando en cajas de madera, en la mu√Īeca de un coleccionista, en bolsillos, en mesas de noche y en las paredes de cualquier hogar, el objeto que separa el d√≠a de la noche, la ni√Īez de la adultez, el movimiento y la quietud, el resumen de una √©poca, de una vida y de una historia: el reloj.

Para él, ver el movimiento de las manecillas, escuchar la musicalidad al dar la hora y sentir que el tic tac que lo persigue por su casa cada segundo, le hacen reconocer esa íntima satisfacción que ha conseguido hasta este momento como domador del objeto que guarda el tiempo.

Sin embargo, esto también lo despierta a otras realidades, donde tiene que reconocer que su oficio se extingue y que así deje todo su conocimiento plasmado en unas cuantas hojas, la tecnología no le dará tregua, ni a él ni a ninguno de sus viejos amigos, como los relojes de pared.

Por esto, desde hace 10 a√Īos cerr√≥ las puertas de su local, ubicado en la zona c√©ntrica de la ciudad, que estuvo abierto a sus clientes durante m√°s de 40 a√Īos. Ahora est√° descansando, aprendiendo a dise√Īar y construir todo tipo de artesan√≠as en un local que tiene en el mercado campesino de la Mesa de Los Santos.

De vez en cuando los curiosos se acercan a ver las reliquias que cuelgan de las paredes del lugar, en el que adem√°s vende caramelos, postres y curiosidades para ni√Īos. Son relojes de m√°s de 50, 70 y hasta 100 a√Īos, que un d√≠a lucieron en las paredes de familias adineradas, que fueron de alg√ļn coleccionista que lo dej√≥ como herencia a sus hijos y que √©stos por desconocimiento los abandonaron porque estorbaban.

Su peque√Īo lugar en medio de un mercado resulta extra√Īo para muchos, pues la m√ļsica, el ruido de la gente, las voces que anuncian la venta de tomates, cebollas y pl√°tanos no dejan escuchar las campanas, los cantos del p√°jaro cuc√ļ y la melod√≠a del Ave Mar√≠a de los relojes marca Jawaco o Kienzle que se conservan en el lugar.

Sin el √°nimo de venderlos, s√≥lo de exhibirlos, y de vez en cuando contar a los curiosos su funcionamiento, sigue despidi√©ndose de su oficio, el que asegura no haber dejado por la falta de contratos, sino porque se cans√≥ de seguir el tiempo, de repararlo y fijar sus piezas, de calibrar cada pesa, cada p√©ndulo, cada minutero, cada n√ļmero romano.

Dice que si lo buscan para reparar un reloj antiguo se le mide, pero que no cree que eso le represente mucho. ¬ďO, ¬Ņd√≠game cu√°ntas personas tienen de estos relojes en las casas, que los quieran y los conserven? No creo que muchas, pero si me necesitan yo puedo ayudarlos¬Ē, asegura.

Como Benedicto Bernal, muchos hombres y mujeres¬† han visto como sus tradicionales oficios han terminado con el paso de los a√Īos. Algunos como √©l, prefieren jubilarse por su propia cuenta, cerrar las puertas de su local y ejercer su labor de vez en cuando. Otros, como los relojes antiguos de Bernal, se resisten a dejar atr√°s su historia y el tiempo.

¬ďEl celular ya nos da la hora, adem√°s nos despierta, nos hace cuentas y hasta nos lleva por Internet. ¬ŅPara qu√© quiere la gente un reloj antiguo? Tal vez por amor al arte¬Ē, asegura este hombre.

La pr√°ctica y el tiempo

Cuando Benedicto Bernal lleg√≥ a Bucaramanga proven√≠a del corregimiento de El Centro, cerca de Barrancabermeja. Con tan s√≥lo 18 a√Īos se top√≥ con un primer empleo que para √©l era completamente desconocido, pero que le dar√≠a la posibilidad de sobrevivir: darle cuerda a los relojes del negocio de un distribuidor de marca, limpiarlos, exhibirlos a los clientes y hacer los pedidos.

De las paredes del lugar de trabajo de Bernal, ubicado en el centro de la ciudad en el edificio Turbay, colgaban toda clase de relojes, que de vez en cuando dejaban salir a un pájaro a anunciar la hora; también estaba el de péndulo que oscilaba lenta y majestuosamente y que sorprendía con el sonido del himno nacional. Tenían otros cuyo ritmo era un poco más acelerado.

Una tarde, su curiosidad lo llev√≥ por primera vez a desbaratar un reloj despertador. All√≠ descubri√≥ el mundo que se escond√≠a detr√°s de esa pieza circular, de n√ļmeros romanos, cobijados con una caja de madera. Fue desde entonces que, por medio de la observaci√≥n y la adivinanza emprendi√≥ su recorrido por el mundo de la relojer√≠a.

Como √©l afirma, ¬ďle cogi√≥ amor al trabajo¬Ē. Da√Ī√≥ muchos relojes que llegaban del exterior, especialmente de Suiza, que ven√≠an dentro de los pedidos de su jefe. Tuvo suerte porque algunos ya ten√≠an defectos de f√°brica y eran devueltos a Cali, la sede principal en Colombia, para arreglarlos.

¬ďSe demoraba dos o tres meses el arreglo. Yo aprovechaba para desbaratar otros y esperar a que llegaran los que hab√≠a da√Īado y as√≠ conocer e inspeccionar el arreglo que le hab√≠an hecho. De detalle en detalle le encontraba el da√Īito¬Ē, asegura.

Un buen tiempo duró este trabajo, hasta que la oficina cerró y él terminó por independizarse abriendo su propio negocio. Recuerda de esa época a las damas de la zona de Cabecera del Llano, quienes organizaban reuniones para mostrar a sus allegados y amigos el reloj que habían comprado en joyerías que en alguna época fueron la competencia para el negocio del ex jefe de Benedicto Bernal, y que en ese momento acaparaban el mercado.

Empez√≥ por comprar las herramientas de un joyero fallecido y timbrar unas tarjetas de presentaci√≥n. ¬ďFue duro para m√≠, pues desde ese entonces muy pocos logr√°bamos complacer a las familias adineradas de la ciudad arregl√°ndoles las reliquias de relojes tra√≠dos de Europa. Cuando llegaban con fallas tremendas, ¬Ņa qui√©n iba yo a decirle que me colaborara en un repuesto? A nadie. As√≠ que me tocaba matarme la cabeza¬Ē, recuerda.

Benedicto Bernal s√≥lo so√Īaba con su oficio, sentado en una mesa reparando relojes y jugando en la misma escena con el tiempo. Finalmente, llegaba un nuevo d√≠a y abr√≠a su cabeza e imaginaci√≥n y se sentaba a trabajar.

Cobraba por el arreglo de un reloj de pared o de mesa entre 5 y 4 pesos en esa √©poca, ¬ďtodo un dineral¬Ē, asegura. Tambi√©n se quedaba con algunos, cuyos clientes se los obsequiaban porque les tra√≠an recuerdos de una separaci√≥n, porque no reconoc√≠an su valor o porque durante los trasteos o cambios de casa, se convert√≠an en el primer objeto a desechar. ¬ďLa gente cre√≠a que porque era viejo, no val√≠a nada, y al contrario, m√°s caros eran¬Ē, a√Īade el experto.

¬ďYo nunca tuve tiempo de anotar la historia de cada reloj, me hubiera gustado. As√≠ podr√≠a ser m√°s preciso con usted. Ahora s√≥lo conservo algunos relojes, el conocimiento de tantos a√Īos y me ir√© a la tumba con √©l. Ni mi hijo, ni mi sobrino, ni nadie, quisieron heredar mi saber. Creo que lo digital ya se llev√≥ lo mec√°nico y la verdad, ¬Ņa qui√©n le interesa si el tiempo lo da un reloj nuevo o viejo?¬Ē.

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