“La mujer de la cárcel soy yo” | Noticias de santander, colombia y el Mundo

Martes 27 de Enero de 2015
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Colombia
2010-05-30 05:00:00

“La mujer de la cárcel soy yo”

“La mujer de la cárcel soy yo”
En la larga lista de presos que tiene la cárcel Modelo de Bucaramanga aparece Gina Juliana Castañeda Calderón, una mujer, como consta en su cédula de ciudadanía, que logró ser trasladada a este establecimiento penitenciario por su condición de hermafrodita. Duerme en el pabellón de los homosexuales y trabaja porque se respeten los derechos de esta comunidad, en un espacio dominado por hombres.

Gina es una mujer. No es un transformista, no es una travesti, tampoco es homosexual. Sin embargo, está recluida en la cárcel Modelo de Bucaramanga, junto a más de 2 mil hombres por una razón muy especial y única en la historia de este penal. Gina Juliana Castañeda Calderón es hermafrodita, lo que quiere decir que nació con aparato sexual masculino y también con el femenino.

Tiene 37 años. Lleva 28 meses presa y en cuatro, espera que le otorguen la libertad condicional. Su voz no es impostada, es tan aguda como la de cualquier mujer, su cuerpo tiene las curvas que caracterizan al género femenino y no tiene ningún rasgo que la pueda calificar como amanerada, algo con lo que comúnmente se discrimina a algunos integrantes de la comunicad Lgbt.

Sin embargo, a pesar de ser desde los 12 años calificada como una mujer por los propios médicos debido a sus rasgos físicos femeninos, que primaron sobre los masculinos, hoy paga una pena de 5 años y cuatro meses en una cárcel de hombres.

Fue su elección. Primero estuvo en la Cárcel de Mujeres de Chimitá, donde duró una semana, aislada, precisamente porque las directivas querían evitar que algunas internas la acosaran por su condición de hermafrodita, y en este caso, por su órgano sexual masculino. “Las internas me agredieron verbalmente porque consideraban un privilegio el hecho de que me tuvieran aislada. Gritaban: si es mujer que esté con nosotras, si es un hombre, que esté con nosotras”. Pero ella, que se siente igual que las mujeres, aclara que su gusto es solamente por los hombres.

Pronto, su abogado le contó que en la cárcel Modelo de Bucaramanga había un pabellón especial para homosexuales, transformistas y travestis, donde podían recibirla por su doble condición. ¿Sería capaz de convivir con ellos? Era estar presa con las mujeres o estar presa con los hombres. Prefirió lo segundo.

“Ellos (las directivas) tampoco querían recibirme, veían a una mujer y sabían que iba a ser un problema convivir con ellos, pero fíjese que no. Yo pensaba que las mujeres eran más tranquilas, pero los hombres, en la cárcel, han resultado más respetuosos, sí me dicen cosas, pero no me tocan. Me he ganado su respeto de otra manera”, dice.

Gina señala su cuerpo y agrega: “eso que usted ve es lo que Dios me dio. Eso es lo que soy. Para muchos esta condición es mentira, por eso creo que para la cárcel es más fácil hablar de que soy un travesti más”.

Crecer y decidir

Gina nació en Barranquilla y aunque desde el primer momento se supo que su condición era intersexual, sus padres la registraron como un niño. Sin embargo, a los doce años su cuerpo empezó a cambiar y sus rasgos fueron más femeninos que masculinos, así que cuando llegó a la mayoría de edad, no dudó en registrarse como Gina Juliana. Sus padres solicitaron al médico que expidiera un documento para certificar su condición intersexual y en la Registraduría le dieron la posibilidad para que se identificara como realmente se sentía.

En esos años su familia se trasladó a Bucaramanga. Ella, la única hija, terminó su bachillerato, aprendió a bailar, hizo parte de grupos de danza folclórica, se convirtió en instructora, también estudió música, creó grupos donde fue vocalista y entró a la universidad a estudiar derecho. También se enamoró y lloró por amor.

Cuando sus padres murieron, en 1997, quedó sola con unos cuantos bienes, llevando una vida que califica de desordenada. “Había decidido tener amigos y vivir el momento, pero mis bienes representaban estabilidad para los hombres, que querían que los mantuviera como una forma de pago por no ser una mujer común y corriente”.

Sentía que al fin y al cabo los hombres le estaban cobrando su condición intersexual. Y justo cuando le faltaba un semestre para graduarse como abogada, conoció a un joven al que atropelló con su moto, un día que salía de clases.

Era robusto y alto. Luego la buscó y la volvió a buscar. “A mi se me hizo fácil hablar con él. Me dijo que tenía 17 años, yo sabía que no debía meterme con un menor de edad, sabía que era un delito, pero me dejé llevar”. Empezaron una relación afectiva, pero en un buen día, según su versión, otro hombre la llevó a su casa y el joven, lleno de celos, la denunció ante la Policía por acceso carnal violento. Fue a finales de enero de 2008. Un medio local tituló el hecho así: El o ella, viola a un menor.

Gina lo negó. Según la versión del menor, él llegó a pedir agua a la casa de Gina con otros amigos y lo obligó a subir a su habitación donde lo abusó. Pero lo peor estaba por venir. En la audiencia de legalización de captura, Gina se enteró, según cuenta, que el joven no tenía 17 años, sino que era menor de 14. “Para los que no me conocen no es fácil de entender, pero en derecho se maneja el término “error enorme” que significa no poder identificar la edad física de la persona. Eso fue lo que me pasó”, dice Gina.
La condenaron a 5 años y 4 meses de prisión el 28 de julio de 2008, pero no por acceso carnal, asunto que se desvirtuó, sino por abuso a mejor de 14 años.

Vivir en la cárcel

Gina no recibe visitas íntimas, pero sí entrevistas en un lugar ubicado a la entrada de la cárcel. Cuando llegó sólo había cuatro personas en el pabellón de la comunidad Lgbt, un lugar minúsculo, del que prefiere no hablar.

“Ellos ya tenían el recorte del periódico con la noticia de mi captura. Les expliqué mi condición y decidimos que sería como una travesti más. Me aceptaron. Pero no ha sido fácil”.

El primer mes, por seguridad, no podía salir de su pabellón y cuando lo hacía era escoltada por cuatro guardianes. “Los hombres me miraban, me echaban piropos, también decían otras cosas, ellos ya habían convivido con personas Lgbt, pero yo sí que era una novedad”.

Y es que Gina, además de su condición, posee varias cualidades que la han convertido en todo un personaje en la Modelo y que también han servido para que las directivas tengan más en cuenta a la población Lgbt.

Gina habla muy bien el inglés, por eso, buscando redimir pena y como una estrategia para ganarse el respeto entre los internos, pidió que le permitieran ser profesora en el instituto educativo de la cárcel, San Juan Bosco. “Tenía que hacerme respetar y no ha sido tan difícil. Aquí se convive con toda clase de personas, pero me han respetado, tal vez porque me veo un poco frágil ellos no se meten conmigo de mala manera. Yo soy la mujercita de la cárcel y así me tratan”.

Gina no niega que ha vivido situaciones complicadas. “Algunos no manejan los impulsos, hasta para mí es difícil manejarlos porque me gustan los hombres. Y no es fácil no fijarme en algún hombre”, dice.

Pero ese es otro asunto. Hasta hace dos meses portó con orgullo una bata azul que la identificaba como profesora y también se dio a conocer por su voz y su forma de bailar. Ha participado en numerosas actividades artísticas y es líder del grupo de tambora de la cárcel. Ahora es la representante de su comunidad ante el comité de Derechos Humanos y eso la enorgullece. “Hemos pasado varias solicitudes a la dirección del establecimiento para hacer arreglos locativos en nuestro pabellón. Ya cambiaron el lavadero, tenemos un baño enchapado, pero vivimos en un lugar bastante frío y húmedo, por eso es necesario que cambien el techo”, dice.

Gina afirma que su comunidad se siente vulnerada en cosas tan pequeñas como la prohibición al ingreso de objetos personales como ropa femenina y maquillaje. “Son esas cosas las que nos permiten seguir ejerciendo nuestra condición sexual e también nuestra identidad”.

Publicada por
ereyes@vanguardia.comELIZABETH REYES LE PALISCOT
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