He escrito durante años sobre mundiales de fútbol, Juegos Olímpicos, goleadores, ídolos y equipos memorables; he visto triunfos inesperados y derrotas dolorosas. He aprendido que, en el deporte como en la vida, las grandes victorias no siempre se consiguen en una tarde gloriosa. Muchas veces son el resultado de la constancia, la paciencia y la capacidad de resistir cuando las cosas no salen bien. Por eso, cuando alguien me pregunta cuál ha sido la mejor crónica de mi vida, no necesito consultar estadísticas ni revisar archivos. La respuesta tiene nombre propio: Ángela.
Llevamos más de veintitrés años de casados. Dicho así, parece una simple cifra; pero quienes han recorrido ese camino saben que más de dos décadas representan miles de amaneceres compartidos, charlas interminables, preocupaciones familiares, celebraciones, desacuerdos pasajeros y una enorme cantidad de momentos que terminan construyendo una historia. Hace dos meses, en una conversación de esas que empiezan sin importancia y terminan dejando huella, Ángela me hizo una pregunta luego de ver sus series coreanas: «Amor, si existe otra vida después de esta, ¿me buscarías y te casarías nuevamente conmigo?». Debo confesar que sonreí y le dije sin dudarlo: «Así jodas mucho, en esta vida y en la otra te buscaría sin dudarlo».
Le dije que sí, sin necesidad de pensarlo demasiado. La conocí en marzo de 1994 en Bongó, gracias a su prima Lucy. Tuvimos un noviazgo de un par de meses y me fui de nuevo de Bucaramanga. Ocho años después nos volvimos a encontrar gracias a la misma prima; ese 27 de diciembre de 2002 nos cuadramos; el 31 del mismo mes le pedí que fuera mi esposa; el 5 de julio de 2003 nos pusimos los uniformes: ella, con un vestido blanco, parecía una princesa de Disney. ¡No dejaba de sonreír! Venía del brazo de su padre; yo, vestido con esmoquin, la esperaba en la bella capilla de San Pablo en compañía de mi graciosa madre, quien lo único que me dijo fue: «Marica, te llegó la hora».
En esta parte me dirijo a ti: un domingo, hace tres meses, íbamos a salir a caminar como casi todos los domingos; de un momento a otro empezaste a llorar. ¿El motivo? Porque te veías gorda, que la camiseta no te quedaba como querías, que el abdomen, que esto y lo otro. Sequé tus lágrimas; ¡es difícil verte llorar! Pero ¿qué te he dicho en los últimos dos años, princesa? Que la primavera te llegó con el florecer de tus canas plateadas. Sigues siendo la misma madre abnegada, quien en mi ausencia durmió con un ojo abierto y termómetro en mano para cuidar la temperatura de Gaby y de Juan Felipe. La misma que se puso el chaleco antibalas en mis noches de tormenta. Cuando no estabas, nos dejabas un manual de instrucciones para cumplirlo a cabalidad. Lo heredaste de tu padre, un militar de aquellos que ya no existen.
Me preguntas para confirmar si sigues siendo importante para los pelaos y para mí: ¡Por supuesto! Eres Carlos Valderrama apurando el pase cuando se acababa el partido contra Alemania. Además, solucionas todo, como lo hizo Freddy Rincón: sin temor y con categoría. Nos enseñaste a no tener miedo. Eres la misma princesa que conocí hace más de tres décadas, fiel reflejo de tu bella madre. Recuerdo a la muchacha sonriente que llegó a mi vida cuando ambos teníamos más preguntas que respuestas. Y me di cuenta de que el tiempo había cambiado muchas cosas, pero no las esenciales. Mañana cumples años; si quieres, mira para atrás y vas a ver lo que hemos construido: un hogar bonito, abundante en amor y oración; educamos a nuestros hijos sin billetera. Les hicimos una transferencia de valores adquiridos gracias a la herencia de nuestros padres y abuelos. Ellos eran cheques en blanco: limpios y transparentes. Eres la compañera de mis días y mis noches. Cuando regrese del mundial, estarás pensionada. Se acabaron los afanes y la rutina. Vamos a vivir lo que nos falta y, llévame de nuevo al altar. ¡Estoy listo para escribir la crónica de nuestro segundo tiempo!












