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Jueves 18 de junio de 2026 - 01:00 AM

Los daños que causan las personas correctas

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Casi nadie se levanta una mañana pensando en hacer algo incorrecto. De hecho, una parte importante de los daños que terminan afectando familias, instituciones y relaciones humanas no nace de personas que tenían intención de causarlo, sino de personas que estaban convencidas de estar actuando correctamente.

Cumplieron con su trabajo, hicieron lo exigido, confiaron en otros, evitaron conflictos y continuaron con su rutina. Si uno les preguntara después qué ocurrió, probablemente responderían que nunca buscaron ese resultado y, en muchos casos, estarían diciendo la verdad.

Sin embargo, existe una pregunta imprescindible cuando tratamos de entender por qué ocurrieron ciertas cosas: ¿cuántos de esos resultados habrían sido distintos si alguien hubiera decidido intervenir un poco antes?

Con frecuencia pensamos la responsabilidad como una relación entre una acción y una consecuencia. Alguien hace algo y después responde por ello. Buscamos entonces a quien tomó la decisión visible, a quien firmó, autorizó, condujo o ejecutó el último acto. Esa manera de entender simplifica la realidad y permite creer que el problema tiene un único responsable.

Pero la experiencia, y también el derecho, muestran algo distinto.

Hay ocasiones en las que no se responde por lo que se hizo, sino por aquello que se dejó de hacer. En esos escenarios, la discusión supera el ámbito moral y comienza a convertirse en una forma de responsabilidad, incluso penal. El derecho le dio un nombre a esa realidad: posición de garante. Significa que existen situaciones en las que una persona tiene el deber de proteger, cuidar o vigilar una fuente de riesgo y, si pudiendo intervenir decide no hacerlo, también responderá por las consecuencias de esa omisión.

La idea parece jurídica, pero en realidad describe escenas cotidianas.

Se manifiesta en la familia cuando el cuidado se reemplaza por la confianza. Surge en la escuela cuando quien advierte un riesgo prefiere asumir que otro actuará. Aparece en el trabajo cuando nadie revisa porque el procedimiento lleva años funcionando. También está en las instituciones cuando los resultados importan más que el deber de vigilancia. Opera incluso entre amigos cuando el afecto empieza a justificar aquello que antes habría parecido inaceptable.

No tenemos posición de garantes todo el tiempo, pero todos ocupamos posiciones de cuidado en distintos momentos de la vida. Lo somos al cuidar un menor, administrar recursos, coadyuvar una decisión, compartir información privada, manejar un vehículo o advertir una irregularidad antes de que cause daño.

El mayor deterioro de una sociedad no ocurre cuando alguien hace lo incorrecto, sino cuando quienes tenían el deber de actuar deciden permanecer al margen. Porque hay omisiones que no son ausencia de acción, sino decisiones silenciosas que terminan definiendo aquello por lo que después habrá que responder.

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