Nunca habíamos sabido tanto sobre la educación y sus problemas. Durante años hemos acumulado diagnósticos, evaluaciones, misiones de expertos y documentos. La educación está sobrediagnosticada. El problema no es la falta de información, sino tomar decisiones.
Esa fue precisamente una de las principales reflexiones que dejó la presentación, en la Cámara de Comercio de Bucaramanga, del libro ‘Decisiones que cambian la educación’, elaborado por la Fundación Empresarios por la Educación. El mensaje es claro: más que seguir describiendo los problemas, llegó la hora de transformar el sistema.
Y para hacerlo necesitamos hackear la educación. No para destruirla, sino para reprogramarla. Muchas de nuestras prácticas siguen respondiendo a un mundo que ya no existe, conservamos currículos por inercia, mientras la sociedad cambia a una velocidad sin precedentes. El estudiante de hoy necesita comprender para qué le sirve lo que aprende. Cuando el aprendizaje pierde pertinencia, la escuela se convierte en un lugar donde se reciben calificaciones, pero no necesariamente donde se comprende.
Afortunadamente, hay quienes innovan todos los días y demuestran que transformar la educación no depende únicamente de la tecnología, sino de la capacidad de conectar el conocimiento con la vida.
El reto, sin embargo, también es estructural. Colombia destina cerca de 48 billones de pesos a la educación mediante el Sistema General de Participaciones, pero el 96 % de esos recursos se destina al funcionamiento y apenas el 4 % a inversión en calidad. Así resulta muy difícil modernizar el sistema.
Las consecuencias son visibles. Solo en Bucaramanga, desde 2018, cerca de 11.000 niños y jóvenes han abandonado el sistema educativo, una tendencia que se profundizó tras la pandemia. Cada uno representa una oportunidad perdida para el desarrollo de la ciudad y del país.
El estudio propone cuatro habilitadores para cambiar esa realidad: gobernanza, talento humano, evaluación y sistemas de información. Entre sus ideas más poderosas está la necesidad de dejar de evaluar a tiempo y no como si hiciéramos una autopsia. Hoy descubrimos que un estudiante fracasó cuando el año ya terminó. Si los datos se utilizaran para generar alertas tempranas, sería posible intervenir desde séptimo grado, por ejemplo, cuando aparecen las primeras dificultades en matemáticas, y no cuando el rezago ya es irreversible.
Eso exige integrar los sistemas de información y formar equipos capaces de convertir los datos en decisiones pedagógicas. Los datos no deberían servir únicamente para elaborar informes, sino para gestionar mejor el aprendizaje.
La Visión Santander 2050 reconoce que ninguna transformación será posible sin fortalecer la educación y el talento humano. Formar ciudadanos para el futuro exige mucho más que incorporar tecnología a las aulas. Exige revisar aquello que enseñamos, cómo lo enseñamos y, sobre todo, por qué lo enseñamos.









