Llegué al rancho ‘Los Tres Potrillos’ en Guadalajara cuando el sol ya se ponía guapo. Había llovido y el olor a tierra mojada que tienen los lugares donde vivió un gigante inundaba el lugar. Fernando Cotes se convirtió en líder de un grupo de amigos que vinimos a cubrir el mundial de fútbol para diferentes medios de comunicación y, desde que llegamos a la casa de ‘Las Chivas Rayadas’, tuvo la idea de visitar este lugar, construido por don Vicente Fernández, ‘El Charro de Huentitán’. Ídolo en su país y ni para qué hablo de Colombia, siempre fue su casa, su segundo hogar. En Bucaramanga cada vez que se presentó llenó el estadio Alfonso López; cuando nos bajamos de la camioneta que alquilaron Javier Mantilla y el samario Cotes Acosta, un amable portero del rancho nos dijo: “don Chente siempre hablaba de esa ciudad con cariño, lo recuerdo mucho porque el nombre de su localidad es raro, pero hablaba mucho de ustedes”.
En la ciudad bonita lo atendían de maravilla, empezando por Efraín Ramírez, un empresario quien, en la década del 70, fue un gran colaborador del Atlético Bucaramanga. La entrada es gratis, pero aquí no se ingresa como turista, se entra en puntitas, como quien visita una iglesia. Los sonidos del rancho se convierten en rancheras, como el corrido del caballo blanco, compuesto por José Alfredo Jiménez. ‘Los Tres Potrillos’ tiene el olor característico de los potreros: hierba fresca, estiércol de caballo; el hogar de Vicente y María del Refugio Abarca Villaseñor luce impecable. El sendero por el que ingresamos está lleno de árboles y de flores tales como azucenas o lirios; de pencas del maguey en donde el charro grabó el nombre de doña Cuca, como le decían cariñosamente a su esposa por más de 60 años.
Al contemplar el paisaje apareció frente a nuestros ojos una escultura del cantante, realizada por Sergio Garval, cuya altura es de 3,60 metros y pesa más de dos toneladas. Don Vicente monta su caballo con traje de gala. ¡Elegante como siempre!
Llegamos al santuario y en una urna de cristal está una estatua realista del intérprete de A mi manera, Motivos, Mujeres divinas, Por tu maldito amor, Acá entre nos, El último beso, entre otras canciones. Me asusté porque pensé que ahí estaba sentado, en una banca de madera, el hombre que llenaba escenarios y se tomaba sus aguardientes antioqueños —por si acaso— mientras hacía lo que le daba la gana con su voz. Me tomé un par de fotos a su lado y de repente sonó Motivos, una canción compuesta por el venezolano Ítalo Pizzolante, la cual le dediqué a mi señora. El lugar está colmado de imágenes religiosas, entre ellas, la Virgen de Guadalupe; las flores no pueden faltar y las veladoras están encendidas permanentemente.
Me retiré de ahí y contemplé la piscina en forma de guitarra; me acerqué al establo y de repente llegaron dos potrillos negros, altos, con ojos que no preguntan. Me paré frente a la cerca y uno se acercó sin ruido, le puse la mano en el hocico, estaba tibio; olía a heno y a historia. El otro relinchó bajito, como si reconociera mi voz. Los acaricié y los abracé; puse mi cabeza contra la de ellos. ¡Fue un momento conmovedor! En ese instante entendí que Vicente no domaba caballos, los quería, ellos lo querían a él.
El legado del ‘Charro de Huentitán’ no cabe en un museo, cabe en una borrachera cantada a todo pulmón. Afortunadamente no llevábamos tequila, si no, ¡allá estuviéramos! Salí del rancho y los dos caballos seguían en la cerca, mirando, como cuidando mis pasos. Me fui con la garganta cerrada y el pecho abierto. Arley Durán cantaba con sentimiento El último beso; Fabián Pabón no dejaba de buscar canciones de Vicente en su dispositivo; Fernando Cotes se tomó como 100 fotos y Javier Mantilla cojeaba de su pata izquierda y, a pesar de todo, siguió su aventura. Tiene la rodilla bastante averiada. “Y este fue el corrido del caballo blanco, que salió un domingo de Guadalajara”.









