Bucaramanga
Sábado 27 de junio de 2026 - 04:59 PM

Así viven los barrios de Bucaramanga que aún dependen de pilas públicas

En Bucaramanga existen hoy 225 pilas públicas, todas ellas destinadas a abastecer a comunidades que residen en barrios donde las condiciones técnicas, económicas, urbanísticas o la situación legal de los asentamientos aún impiden la construcción de redes domiciliarias.

Los chapuzones cotidianos en una pila pública. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Los chapuzones cotidianos en una pila pública. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

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A las cinco de la mañana, cuando Bucaramanga apenas comienza a ‘desperezarse’, en algunos asentamientos el día de sus comunidades ya lleva un buen trecho recorrido. Y es que, alrededor de la pila pública del barrio Transición, por citar solo un ejemplo, la gente se levanta mucho antes de que salga el sol.

En ese punto se reúnen mujeres con baldes de todos los tamaños, hombres que, antes de ir al trabajo, buscan asegurar el agua del día y niños que, todavía con sueño, ayudan a sus padres a cargar botellas y canecas. Nadie necesita preguntar quién llegó primero, porque el turno se respeta como una regla no escrita que conocen quienes han aprendido que “el agua también tiene horario”.

Mientras en la mayor parte de la ciudad basta con girar el grifo para que el agua aparezca, en barrios como el citado Transición, 12 de Octubre, Luz de Salvación, El Rosal y otros asentamientos de Bucaramanga, el acceso al líquido comienza con una caminata. Cada familia sale de casa empujando una carretilla improvisada, cargando baldes o arrastrando recipientes plásticos que volverán pesados unas horas después. El recorrido puede parecer corto para quien lo observa desde afuera, pero cuando hay que hacerlo varias veces al día, con veinte o treinta litros sobre los hombros, el peso del agua también se mide en cansancio.

Historias detrás de cada balde lleno en Bucaramanga. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Historias detrás de cada balde lleno en Bucaramanga. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

Allá las duchas también son públicas. Quien quiere bañarse debe darse el chapuzón frente a toda la comunidad. Y así transcurre el día a día.

Las pilas también son lavaderos públicos. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Las pilas también son lavaderos públicos. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

Para quienes dependen de un estanque, la pila del barrio representa la tranquilidad de saber que habrá agua para preparar el desayuno, bañar a los niños, cocinar el almuerzo, lavar los platos o limpiar la casa. Aquí cada litro tiene un destino.

De hecho, las pilas públicas fueron concebidas para responder a esa necesidad. Las 225 que existen en Bucaramanga abastecen a humildes comunidades que dependen de estos puntos de suministro.

Son, según la norma, un servicio ‘provisional’ que busca garantizar el derecho al agua mientras se crean las condiciones para una conexión individual. Sin embargo, para muchas familias la palabra ‘provisional’ terminó convirtiéndose en una forma permanente de vivir.

La desigualdad también se mide en litros de agua. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
La desigualdad también se mide en litros de agua. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

Pero los tanques no solo distribuyen agua; también son puntos de encuentro del barrio. Con el paso de los años se han convertido en lugares donde se intercambian noticias, se pregunta por los enfermos, se organizan actividades comunitarias y se fortalecen vínculos. Mientras esperan su turno, las mujeres conversan sobre los hijos, los precios de los alimentos o las dificultades diarias; los adultos mayores descansan unos minutos antes de regresar con las canecas llenas y los niños juegan alrededor.

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En esas filas la solidaridad hace parte de la rutina. Cuando una vecina llega con un bebé en brazos, alguien se ofrece a sostenerle el balde. Si un adulto mayor no puede cargar una caneca, siempre aparece un joven dispuesto a ayudarlo. Cuando una familia necesita un recipiente prestado porque el suyo se rompió, rara vez regresa con las manos vacías.

Además de su función básica de abastecimiento del preciado líquido, las pilas públicas representan un elemento de resiliencia comunitaria en un contexto de una emergencia, como la vivida en el barrio 12 de Octubre. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Además de su función básica de abastecimiento del preciado líquido, las pilas públicas representan un elemento de resiliencia comunitaria en un contexto de una emergencia, como la vivida en el barrio 12 de Octubre. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

Las jornadas de lavado reflejan esa realidad. Desde temprano empiezan a aparecer lavaderos improvisados junto a las viviendas o cerca de las pilas. Sobre tablas, piedras o pequeños mesones de cemento se restriegan uniformes escolares, pantalones de trabajo, sábanas y toallas durante horas. Lavar ropa aquí significa calcular cuánta agua puede destinarse a esa tarea sin comprometer otras necesidades del hogar. Cada balde utilizado obliga a pensar en el siguiente.

Sin embargo, el esfuerzo por conseguir el líquido también trae riesgos. Cuando el suministro presenta interrupciones o debe complementarse con carrotanques, las familias almacenan agua en baldes, canecas y recipientes improvisados.

No siempre existen las condiciones para mantenerlos completamente tapados o desinfectarlos con frecuencia, y esos depósitos terminan convirtiéndose en criaderos del mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue. A esto se suma que, cuando la escasez se prolonga, algunas personas recurren a fuentes de agua sin tratamiento, exponiéndose a enfermedades gastrointestinales.

Por eso, una pila pública es mucho más que una estructura de concreto conectada a una red de acueducto de Bucaramanga. Es el punto donde comienza la rutina de cientos de familias, el lugar desde donde se organiza la vida cotidiana y, en muchos casos, la única garantía de acceso al agua mientras llegan soluciones definitivas.

Cada recipiente lleno representa horas de esfuerzo que no aparecen en ninguna factura de servicios públicos, pero que se sienten en quienes repiten ese recorrido varias veces al día.

Cuando la tarde cae y la noche llega, las filas desaparecen lentamente y la pila vuelve a quedarse sola. Las canecas regresan a las casas, los niños terminan las tareas del colegio y la rutina del barrio continúa.

A la mañana siguiente todo volverá a empezar, mientras buena parte de la ciudad abrirá una llave sin detenerse a pensar en el privilegio de tener agua al alcance de la mano. En esos otros rincones de Bucaramanga, menos visibles pero igual de vivos, el agua seguirá siendo una responsabilidad diaria y una muestra del esfuerzo de quienes deben buscarla cada día.

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