Durante los últimos años, muchos ciudadanos de Estados Unidos y de todo el mundo hemos visto emerger una nueva clase de riqueza. Nombres como Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y Elon Musk se han vuelto muy conocidos, en gran parte por las noticias acerca de sus fortunas.
Hace unas semanas, el mismo Elon Musk que a comienzos de la administración Trump dirigió un equipo de funcionarios dedicado a desmantelar programas gubernamentales alcanzó -si bien solo por unos días- el título de billonario. Y si una fortuna privada y unipersonal de un millón de millones de dólares no nos hace parar y pensar, no sé qué lo hará.
Porque mientras eso pasa, decenas de millones de personas en EEUU y cientos de millones en todo el mundo se despertaron hoy sin saber con certeza de dónde vendrá su próxima comida. Y si bien nadie duda el mérito personal que habita tras la existencia de las fortunas más grandes de la industria tecnológica, el solo concepto de milmillonarios y billonarios debería confrontarnos.
La reciente acción de Evan Spiegel, cofundador de Snap Inc., y su esposa Miranda Kerr, podría ofrecer un faro. En lugar de carros y aviones y yates y mansiones, la pareja de millonarios acaba de facilitar la condonación de 550 millones de dólares en deudas médicas vencidas para más de 261.000 residentes en California. Este mecanismo, ejecutado en asocio con la organización no lucrativa Undue Medical Debt, opera adquiriendo carteras de deuda castigada en el mercado secundario por una fracción de su valor nominal.
El enfoque pragmático de Spiegel contrasta con las prioridades de asignación de capital de figuras como Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg. Las corporaciones aeroespaciales de capital privado como SpaceX, fundada por Musk, y Blue Origin, de Bezos, absorben miles de millones de dólares anuales en el desarrollo de infraestructura de transporte orbital y proyectos de exploración planetaria profunda. Si bien estas iniciativas persiguen objetivos científicos y de expansión comercial a largo plazo, la concentración de recursos en la exploración exterior reduce los flujos disponibles para problemas domésticos urgentes como la inseguridad alimentaria, el acceso a agua potable o el colapso financiero de los sistemas locales de salud pública.
La justificación teórica del modelo de exploración aeroespacial y el desarrollo de tecnologías avanzadas se sostiene habitualmente sobre el concepto de maximización de la utilidad futura de la especie humana. El argumento postula que asegurar la supervivencia interplanetaria o desarrollar inteligencia artificial general genera un valor neto superior para la humanidad que resolver crisis socioeconómicas transitorias actuales. Pero lo cierto es que la ONU estimó que erradicar el hambre global requeriría una inversión recurrente de aproximadamente 40.000 millones de dólares anuales hasta el final de la década actual, una cifra que representa menos del 20 por ciento del patrimonio neto individual de las personas más ricas del planeta.









