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Sábado 04 de julio de 2026 - 01:00 AM

El caso Pelicot también es violencia digital

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Durante mucho tiempo pensamos que la violencia sexual ocurría en espacios físicos, como la casa, el trabajo, la calle o un lugar oscuro. Sin embargo, hoy sabemos que este escenario también puede configurarse a través de herramientas tecnológicas. Internet puede usarse para generar redes de contacto entre agresores, para difundir material sin consentimiento, para crear contenido sexual lesivo o para acosar sexualmente.

La señora Gisèle Pelicot fue víctima de sumisión química y agredida sexualmente por más de 70 hombres, 51 de los cuales fueron posteriormente procesados y sentenciados. Entre ellos no solo estaba su exesposo, con quien estuvo casada durante cincuenta años, sino también personas que vivían en su mismo pueblo en Francia, hombres que formaban parte de su entorno social y que tenían familias, trabajos y una rutina. Muchos no tenían antecedentes por agresión sexual. No eran monstruos, llevaban vidas comunes. Vidas que incluían participar en agresiones sexuales.

Las investigaciones han revelado que Dominique Pelicot utilizó espacios en internet para contactar a otros hombres, coordinar encuentros e intercambiar instrucciones. Según lo expuesto en el proceso judicial, también registró en video las múltiples agresiones mientras su entonces esposa estaba inconsciente. Además, se encontraron en dispositivos electrónicos imágenes tomadas sin consentimiento de su hija Caroline y de sus nueras, Aurore y Céline. Para el señor Pelicot, la tecnología no fue un accesorio ni un elemento menor, fue parte de la infraestructura que permitió organizar y documentar estas agresiones.

Los espacios digitales no fueron creados para facilitar delitos o agresiones. Sin embargo, su uso indebido termina posibilitando la conexión entre personas que quizá nunca habrían coincidido en el entorno físico. En este caso puntual, el resultado fue una forma de violencia organizada.

La violencia sexual, entonces, también puede involucrar dimensiones digitales que contribuyen a que esa violencia ocurra o que la prolongan. Esto sucede, por ejemplo, cuando se produce, almacena o difunde contenido sexual sin consentimiento. En la actualidad existen denuncias en distintos países sobre foros o comunidades digitales donde circulan imágenes, discursos o actividades que pueden facilitar este tipo de comportamientos. El caso Pelicot no es un hecho aislado. En los últimos meses nos despertamos con la noticia de “el Pelicot sueco” “el Pelicot español”. Esto solo muestra las construcciones violentas que hemos hecho como sociedad, las cuales se trasladan del espacio offline al online.

Al final, no se trata de satanizar internet, puesto que es una herramienta fundamental para la comunicación y el relacionamiento, además, ha sido clave para denunciar abusos, visibilizar distintas formas de violencia y generar redes y herramientas de protección. No obstante, esto no es suficiente. Siguen existiendo muchos señores Pelicot en el mundo organizando su próximo ataque. Por eso si la violencia puede organizarse en línea, la prevención también tendrá que pensarse en ese mismo espacio.

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