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Sábado 15 de agosto de 2026 - 01:00 AM

La memoria de la carne

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La literatura de Samantha Schweblin nos sumerge en una inquietante dimensión donde la frontera entre lo psíquico y lo corpóreo se desvanece por completo. En su universo narrativo, «es la sensación de placer y de dolor lo que deja siempre una marca más vívida porque son las cosas que le pasan al cuerpo». Para lograr este impacto, Schweblin reúne en su libro El buen mal, seis cuentos fieles al epígrafe de Silvina Ocampo —lo raro siempre es más cierto— y parte de escenarios normales para deslizarse hacia zonas oscuras y ambiguas.

La autora nos ofrece un abanico de relatos perturbadores. En el primero, una mujer sobrevive milagrosamente a un intento de suicidio atada a un yunque y debe regresar a lidiar con su realidad. Un animal fabuloso expone dos décadas de tensiones familiares y distancias irreconciliables que resuenan a través de una larga llamada telefónica. William en la ventana cuenta cómo una residente lidia con la culpa, la extrañeza y la muerte del gato envenenado de una compañera en un entorno lejano. El ojo en la garganta es el relato de un niño con secuelas físicas graves tras tragarse una pila que narra su propia desconexión y silencio frente al padre. En La mujer de Atlántida dos niñas acompañan de noche en la costa a una poeta desbordada por su propia existencia en una atmósfera trágica. Finalmente, en El superior hace una visita, una persona enfrenta la turbadora irrupción de una figura de autoridad que altera por completo su aparente paz cotidiana.

En los relatos, la culpa entra como el aire por el ventanal y se mete en los pulmones, transformando el acto de lectura en una experiencia que se padece en la propia carne. La autora argentina consigue registrar los puntos de quiebre del ser humano. Leyéndola, me doy cuenta de cuánto extraño a alguien de repente, con la angustia que llega de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo para no emocionarme ante la contundencia de sus verdades.

Schweblin no busca la distancia intelectual. Su prosa nos arrastra hacia un abismo donde la angustia psicológica se manifiesta de forma puramente física. Al cerrar el libro, queda la certeza de que las cicatrices más profundas no pertenecen a las ideas abstractas, sino a la memoria física de los cuerpos.

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