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Jueves 24 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Suicidio: ni cobardía ni valentía

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Hay dos frases que escuchamos con frecuencia cuando alguien muere por suicidio: “Fue un cobarde” o “Tuvo que ser muy valiente para hacerlo”.

Yo creo que las dos se quedan cortas.

Porque el suicidio no es una prueba de cobardía ni un acto que debamos romantizar como una demostración de valentía. Es, muchas veces, la expresión extrema de un sufrimiento psicológico que llegó a un punto en el que la persona dejó de encontrar una salida diferente.

Y ahí está lo verdaderamente doloroso.

Quien contempla el suicidio no necesariamente quiere morir. Muchas veces quiere dejar de sufrir. Quiere que termine una angustia, una desesperanza, una culpa, una soledad, un vacío o un dolor que, en ese momento, puede parecer interminable.

Por eso es tan peligroso juzgar desde afuera.

Desde afuera podemos decir: “Tenía hijos”, “tenía trabajo”, “tenía dinero”, “tenía una familia que lo quería”. Pero el dolor psicológico no siempre respeta esas circunstancias. Una persona puede tener muchas razones para vivir y, al mismo tiempo, sentirse incapaz de seguir viviendo.

Tampoco creo que debamos convertir el suicidio en una hazaña. Decir que “hay que ser muy valiente para hacerlo” puede terminar romantizando una muerte que, en realidad, representa una tragedia.

Entonces, ¿qué necesitamos decir?

Necesitamos aprender a preguntar.

“¿Cómo estás de verdad?”

“¿Has pensado que sería mejor no estar aquí?”

“¿Has pensado en hacerte daño?”

Preguntar directamente no le mete ideas a una persona en la cabeza. Al contrario: puede abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Y si alguien nos dice que sí, no necesitamos tener un discurso perfecto. Necesitamos quedarnos. Escuchar. Tomarlo en serio. No minimizar. No regañar. No decir “piensa en tus hijos” como si una frase pudiera resolver un sufrimiento profundo. Y, sobre todo, buscar ayuda profesional y apoyo inmediato cuando exista riesgo.

Quizás la pregunta no sea si quien se suicida fue cobarde o valiente.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos es otra:

¿Cuánto tuvo que sufrir una persona para llegar a creer que morir era su única alternativa?

Y todavía más importante:

¿Qué podemos hacer para que alguien que hoy piensa así descubra que todavía existen alternativas?

Hablar de suicidio no provoca suicidios.

El silencio sí puede dejar a muchas personas solas con sus pensamientos.

Por eso hay conversaciones que incomodan, pero salvan.

Esta es una de ellas.

“No juzguemos la muerte. Aprendamos a escuchar el dolor antes de que sea demasiado tarde.”

Y recuerda…nunca es tarde para pedir ayuda.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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