Este sábado se conmemora el Día Interamericano del Agua, una iniciativa que nació en 1992 y se celebra desde 1993 para sensibilizar sobre la importancia de este recurso para la salud, el bienestar y el desarrollo sostenible. Pero más que una fecha para repetir que “el agua es vida”, debería ser una oportunidad para preguntarnos si realmente la estamos gestionando como el recurso estratégico que es.
Proteger el agua significa mirar todo su ciclo: desde la conservación de páramos, bosques, nacimientos y cuencas, hasta la captación, potabilización, distribución, uso y tratamiento de las aguas residuales. En Santander, esa mirada integral ha comenzado a tomar forma con la Agenda Estratégica del Agua, de Prosantander, una hoja de ruta construida desde las siete provincias y organizada alrededor de tres frentes: conservación de fuentes, acceso y uso eficiente, y tratamiento de aguas residuales.
Las cifras muestran por qué urge pasar de las declaraciones a la acción: 57 % de los municipios presenta riesgo en la calidad del agua y seis de cada diez no cuentan con una PTAR en operación efectiva. Además, al menos 14 municipios reciben agua menos de 18 horas al día. La Agenda identifica 112 proyectos prioritarios que requieren inversiones estimadas en más de $3,5 billones.
Por eso es importante que el agua también tenga un papel protagónico en la Visión Santander 2050. No como una consigna ambiental aislada, sino como una condición para la salud, la productividad, la competitividad y la calidad de vida.
Y precisamente porque debemos defenderla, debemos hacerlo con argumentos. “¡Agua sí, petróleo no!” es una consigna eficaz para una pancarta, pero insuficiente para una política pública. La discusión sobre los yacimientos no convencionales debe considerar geología, integridad de los pozos, protección de acuíferos, consumo y tratamiento del agua, monitoreo y transparencia. La profundidad de los yacimientos no elimina los riesgos por sí sola, pero ayuda muchísimo; la ciencia y la regulación deben establecer cómo prevenirlos y controlarlos con información disponible para todos los públicos de interés.
Algo similar ocurre con la minería. No podemos meter en el mismo saco la actividad legal y regulada, sometida a obligaciones ambientales y sociales, y la minería ilegal, que puede estar vinculada con contaminación por mercurio, deforestación y economías criminales.

También la inteligencia artificial nos plantea un desafío. Los centros de datos necesitan refrigeración, pero ya se investigan sistemas de enfriamiento líquido por inmersión y alternativas que utilizan agua reciclada, industrial o no potable. Colombia no debería huir de estas oportunidades, sino exigir innovación que reduzca la presión sobre el agua.
La defensa del agua no necesita menos desarrollo. Necesita mejor desarrollo: conocimiento, tecnología, inversión, regulación y ciudadanía informada. Defendamos el agua, pero no con consignas vacías, sino con evidencia y con acciones reales y comprometidas.










