Publicado por: Andrés Mejía
Ha hecho carrera la caracterización de Santos como un jugador, como hombre de riesgos. Valgámonos de ella para exponer lo que, a mi modo de ver, es una peligrosa aventura en la cual su gobierno parece empeñado.
El pasado viernes, Laura Gil recordaba en el programa Hora 20 un interesante dato relacionado con el secuestro del reportero francés Romeo Langlois. En los primeros días, decía la analista, el gobierno insistió en repetidas ocasiones en que no había evidencia de un secuestro por parte de las Farc, tal vez porque sabían que un hecho así dificultaría el avance hacia un proceso de paz.
Cosa similar ha ocurrido tras el atentado contra el ex ministro Fernando Londoño: de manera excesiva e innecesaria, ha insistido el gobierno en que no está probada la participación de las Farc.
Soy amigo de la prudencia, de los hechos y de las pruebas: concuerdo en que no se deben hacer acusaciones sin evidencias que las respalden.
Pero para mantener la prudencia basta el silencio. No es necesario que el gobierno insista públicamente una y otra vez en que no hay pruebas de que fueron las Farc, como lo ha hecho hasta el momento de escribir esta columna. No es necesario que haga esfuerzos para restar valor a la hipótesis que las señala. Y mucho menos que lo haga el propio Presidente.
Veo manifestado entonces este riesgo: el gobierno está fuertemente empeñado en un proceso de paz y lograrlo es tal vez su mayor anhelo. No ignora que en el camino hay muchos obstáculos, como los de orden jurídico.
Pero sabe bien Santos que la mayor barrera está en la opinión pública: tras años de horrendos crímenes, las Farc son, para la mayoría de los colombianos, indignas de cualquier tratamiento político. La opinión pública ve en ellos a secuestradores y asesinos sanguinarios, no a interlocutores políticos.
Lo cual conduce a un absurdo que podría volverse muy real: para llegar al proceso de paz, el gobierno se verá tentado a limpiarle la imagen a las Farc. Querrá convencer a los colombianos de que sí es concebible tratarles como organización política, como socio digno en un acuerdo de paz. De otra manera, prevalecerán en la memoria nacional las imágenes de sangre, de terror y de engaños.
Tal distorsión de la realidad, sobra decirlo, tendría consecuencias letales. Las cuales sufriremos incluso si no se logra el acuerdo de paz.









