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Eduardo Muñoz Serpa
Martes 23 de abril de 2013 - 12:00 AM

El último de los grandes

Publicado por: Eduardo Muñoz Serpa

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Me formé en una ciudad apacible, predecible, habitada por seres que vivían parcamente, sin excesos, ajenos a las frivolidades; eran tiempos en los que la inteligencia y la sensatez definían los caminos en torno a idearios y creencias. En ese lar moraban sobrias personas que eran, cada una, una lección viva de valores cívicos y ciudadanos, ética, costumbres sanas y noble existir. No era esta una tierra fértil para palurdos hábiles en triquiñuelas.

Desgraciadamente, lo que aprendimos en el hogar familiar de golpe fue sorpresivamente vapuleado por huracanados vientos encontrados, que arrancaron de raíz las puertas de la ciudad y pudieron entrar a sus anchas las conductas livianas, las fortunas dudosas, la prepotencia y la frivolidad. Y los traídos por el remolino afrentosamente hicieron suyos los espacios de los mejores y ninguno de nosotros fue capaz de decir nada, pese a que habían vuelto guiñapos lo mejor que teníamos por herencia.

Por eso cada vez que termina el ciclo vital de uno de los faros que con trasparencia guiaba a la comarca, revive mi orfandad, porque sé que seres de ese talante ya no quedan.

Fue esa la razón por la que quedé sin aliento ante la ausencia de Alfonso Gómez Gómez, el último de los mayores que celosamente vigilaba las puertas del terruño.

Se marchó calladamente, sin ruido, como vivió, y con él se fue lo que nos quedaba, el más fiel testimonio de que en esta comarca hubo hombres cuyos valores no tienen par.

Se fue Alfonso Gómez Gómez, el postrer abanderado de lo hermoso que fue el solar nativo que labraron los mayores, esos que vivieron sin mácula. Otros pretenden ahora copar sus espacios, pero en estos todo es solo un vulgar remedo.

La huella de Gómez Gómez es imperecedera, como el recuerdo que de él tenemos quienes lo conocimos y tuvimos como ejemplo.

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