Publicado por: Gustavo Galvis Hernandez
Recuerdo con nostalgia a Califa, el brioso caballo de paso fino que me regalaron. Me dolió mucho su muerte. El chalán que regularmente lo montaba, sin autorización alguna lo sacó de la pesebrera para llevárselo a la cabalgata de las ferias del pueblo. El borracho e irresponsable jinete lo devolvió agonizando de cansancio, insolación y sed; falleció horas más tarde por un cólico mortal.
Eso ocurre con muchos caballos en las cabalgatas feriales; son víctimas del maltrato de sus montadores, muchos de ellos bajo los efectos del licor para poder exhibir con desparpajo y prepotencia su fantochería para impresionar al público, así el infortunado animal termine con su nariz sangrando, o exhausto, colapse, se infarte y muera.
A muchos caballos después de la fiesta de la crueldad, sedientos, cansados y deshidratados les toca hasta el amanecer en la cantina del pueblo o del barrio, donde su verdugo se trasnochó celebrando al son de los corridos prohibidos con los equipos de sonido a todo volumen para martirio también del vecindario.
Por eso fueron canceladas las cabalgatas en las ferias de Cali y Medellín; por los escandalosos casos de maltrato y crueldad contra muchos caballos, hechos denunciados por los medios de comunicación y rechazados por amplios sectores ciudadanos que ya no toleran estos casos de incultura y tortura que, además, afectan la imagen de la ciudad y sus gentes de bien.
Las ferias de los pueblos y ciudades deben ser una oportunidad para consolidar una buena “marca de ciudad sostenible”, con actos culturales de altura y calidad, que atraigan turistas y sirvan para la generación de empleo. No pueden ser para un festival de desorden, de la agresión a los observadores desprevenidos con maicena, agua, o espuma, o para la multiplicación de las “cuadras pinchas” saturadas de adolescentes beodos, ni para miles de riñas, muchas de ellas con heridos y muertos.











