Publicado por: Hortensia Galvis Ramírez
Los animales buscan los alimentos necesarios para su nutrición por medio del olfato y del gusto y anteriormente también los humanos elegíamos sustentar nuestro cuerpo según la guía del sabor y el aroma, que garantizan la buena nutrición. Pero, a partir de la década de los años cincuenta, las cosas cambiaron drásticamente, porque se inventó el diabólico cromatógrafo de gases y con esta máquina todos los sabores pudieron fabricarse químicamente. El cromatógrafo funciona de forma muy sencilla: una vez dentro de la máquina la muestra escogida se convierte en gas. Luego ese gas pasa a través de una bobina que separa los ingredientes y por el otro extremo se recoge cada componente por aparte.
Existen 10.000 aditivos diferentes, entre saborizantes y conservativos, que se añaden a la “comida chatarra”, estos simplemente se esparcen sobre una base de inferior calidad. Hay gran variedad de ofertas, entre ellas la de Pepsicola, con los populares Doritos con sabor a tacos, unos tacos desnaturalizados que carecen de fríjoles, carne y guacamole. Todas estas “galguerías” son un engaño para el paladar, su valor nutricional es cero, y en cambio sí contienen: exceso de grasas de mala calidad, carbohidratos y altos niveles de sal o azúcar. Su consumo ha generado, a nivel mundial, una epidemia de obesidad y enfermedades crónicas sin precedentes. Además, algunos de ellos generan adicción (no podemos parar de comerlos) como ocurre con las galletas Oreo, o los famosos Pringles de Kellogg’s.
El problema se agrava, porque la comida chatarra cuenta con alta tecnología para hacerla cada vez más apetitosa y en cambio los alimentos naturales han perdido su sabor característico y su calidad se ha deteriorado. Comemos: maíz transgénico, vegetales aliñados con veneno, pollos torturados y huevos incoloros e insípidos.
Así el negocio de la comida chatarra prospera y las multinacionales se enriquecen; mientras la comida que ofrece nuestra tierra pasa por su peor momento, de paso dejando a nuestros campesinos desprotegidos, financieramente a la deriva y sin esperanzas.











