Miércoles 11 de Febrero de 2015 - 12:01 AM

Increíble ¡Janiot murió de 164 años¡

Columnista: Jorge Figueroa

Siempre que alguien se va a la eternidad se dice que se fue un ser extraordinario. De Roberto Pablo Janiot se puede decir eso y mucho más. Mi tesis es que Janiot vivió el doble de los 82 años con los cuales se despidió de la vida terrenal, porque vivió intensamente el día como la noche, en sus negocios familiares, jugando cartas y golf.

Es difícil la verdad comprender cómo una persona puede hacer tanto en tan poco tiempo. Llegó a Bucaramanga a mediados de los años cincuenta, desde su Argentina natal, de la mano de dos prohombres santandereanos, Luis Fernando Sanmiguel y Rafael Pérez Martínez, a defender los colores de nuestro Atlético Bucaramanga, con la camiseta número cinco, junto a los célebres Hernán ‘Cuca’ Aceros y Americo Montanini. ¡Aquí se quedó para siempre!

En estas tierras nacieron sus hijos, Beto y Ángela Patricia, fruto del amor con Zunilda, que vino a acompañarlo desde las tierras del sur en su aventura deportiva en el equipo canario.

Se volvió más bumangués que los bumangueses de pura cepa, nos dio hasta una bellísima reina. Y encontró en la gastronomía y en la diversión nocturna su pasión de vida. No existe santandereano o visitante a este terruño que no hubiese puesto los pies en alguno de los sitios que Roberto puso al servicio de todos. Quedará en la memoria de los que pasaron por La Carreta, el Portón 27, Pastangelo, la Tortuga, La Tortuguita, La Tranquera, las discotecas Socavón y Sky, Gatopardo, Kalúa, Santelmo, la Cava, el Campanario en Bucaramanga, y Michelangelo, Martín Fierro, Puerto Madero y el Caldero en Bogotá, el registro de su amabilidad y su sonrisa característica.

Me queda a mí el grato recuerdo de haber sido uno de sus asiduos confidentes vía telefónica en diversos temas, desde los financieros hasta los de salud.

Su última llamada fue para reclamarme mi lamentable equivocación, le había dado como dirección para la compra de un potente vigorizante ecuatoriano “Puro Macho”, la de una ferretería a la vuelta de la Carreta, donde le vendieron fue una gruesa de tornillos machos…

Paz en su tumba, ¡grande, Roberto Pablo!

Autor:
Jorge Figueroa
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