Publicado por: Samuel Chalela
“Me aferro al privilegio de una vida privada”, me contestó mi profesor cuando le pregunté por qué no lo encontraba en Twitter. Y es bastante fiel a eso: no ha querido pertenecer ni al consejo directivo de la universidad, por la misma razón.
Hoy es difícil defender la privacidad, incluso al ver televisión por demanda, los gustos y temáticas son rastreados y queda uno ya pillado por la cadena de consumo. Entonces vida privada, después de hacer parte del mundo interconectado de hoy, queda poca. Está la posibilidad de bloquear remitentes incómodos, escoger los amigos, bloquear seguidores etc; es el mismo derecho de elegir a quien llevar a la casa de los viejos tiempos, traducido a la comunidad virtual. Ahora bien, en esos viejos tiempos ¿si uno salía a la “plaza pública” –cuando eso existía- a dar un discurso podía elegir quién lo oía, quién no y quién podía aplaudirlo o chiflarlo? No.
Es que la vida privada de un personaje público no es la misma que la de un ciudadano corriente. Y cuando digo “personaje público” no me refiero a cualquier chisgarabís de esos que creen serlo porque salen en televisión o posan con ropa ligera en las revistas. Los personajes públicos a que aludo son los que ejercen representación popular, los que tienen la vocería de conglomerados y toman decisiones por el grupo (los senadores, los alcaldes, etc., es decir los elegidos popularmente que utilizan la red para propagar ideas, formar opinión y, claro recoger votos); sean bestias o pensantes, animales vestidos o vulgares criminales al desnudo.
Estos personajes tienen que estar expuestos a la contradicción, dejarse escuchar por todos (como en la vieja plaza pública) y no andar bloqueando a todo el que no piensa como ellos o los contradice o expone. No pueden creer que la tecnología es la herramienta para crear un mundo virtual propio donde solo están los que reflejan, como espejos baratos, la propia voz del personaje, su ideología, su forma de ver e interpretar la realidad. Eso es una falacia propia de un sociópata, una desfiguración que cometida por un ciudadano corriente lo engaña solo a él con sus desvaríos, pero ejercida por un “personaje público” (como Trump o el senador Uribe) corroe la democracia, perturba el debate público y legitima la psicopatía como estilo político.










