Los efectos de la influencia del narcotráfico en prácticamente todos los sectores de la vida nacional, son múltiples y devastadores. Todas las estructuras del Estado fueron atacadas por las diferentes organizaciones que, en sus pugnas por el poder y, en no pocos casos, simplemente por satisfacer su vanidad o sus pasiones, entraron a saco contra lo que pudiera interponerse en su camino.
Muchas instituciones sufrieron el embate del narcotráfico y entre ellas el fútbol fue una de las que con mayor fuerza se afectó con la presencia de los grandes capos de los carteles, quienes llegaron a los clubes de fútbol a manipular a su antojo tanto las nóminas de jugadores y técnicos, como los movimientos financieros y, necesariamente, a los directivos y árbitros; todo con el objeto de lavar dinero y asegurar para sus egos, títulos en el campeonato colombiano.
Y aunque es posible que desde siempre haya habido comportamientos indebidos en el mundo del fútbol profesional, nadie duda de que con el ingreso del narcotráfico, las costumbres se relajaron del todo. Pero, cuando estábamos pensando que habíamos visto todo y que lo que quedaba de escandaloso en el fútbol no iba a sacudirnos de nuevo, nos encontramos con declaraciones como las de Álvaro González, presidente de la División Aficionada del Fútbol, Difútbol, que no sólo desdicen de su condición de dirigente, sino de persona que, precisamente por su calidad pública, debería ser ejemplo de respeto y tolerancia frente a la diversidad.
González, quien ya se había pronunciado a favor de Hernán Darío Gómez en el escándalo de la golpiza a una mujer casi en términos de justificar esa acción, ahora salió a los medios a hacer dos afirmaciones que sencillamente hoy son una vergüenza mundial para Colombia: que para ser árbitro en nuestro país se necesita ser homosexual y que el homosexualismo es una enfermedad contagiosa.
¿Puede haber declaraciones más desapacibles y demostrativas de la incapacidad de un dirigente en Colombia? Y lo que el país advierte ahora, seguramente con estupor, es que en las manos precisamente de Álvaro González como presidente de la Difútbol, están los más pequeños y los jóvenes que aspiran a hacer una carrera dentro del fútbol profesional.
No es González una figura cualquiera como para pensar que, por más desatinado e irresponsable que haya sido su comentario, éste da sólo para hacer parte del anecdotario nacional. Muy por el contrario, hay que poner mucha atención a lo que este señor afirma, para que se piense en serio en la degradación institucional en que ha caído el fútbol y en los efectos, bastante graves por lo visto, que esto puede tener en centenares de niños y jóvenes que más tarde o más temprano van a quedar en manos de dirigentes, jugadores o árbitros sin escrúpulos y con una alta potencialidad de causarles daño.

