Los conflictos que se viven al interior de las universidades exigen ser debatidos correcta y honestamente, con cabeza fría, para buscar una solución atinada, antes de que las cosas se salgan de las manos.
Publicado por: REDACCIÓN EDITORIAL
Están comenzando las actividades académicas del presente año, tanto en las universidades públicas como en las privadas. Si bien unas y otras son escenarios distintos en más de un aspecto, tienen pro-blemas que les son comunes.
En las universidades públicas habrá elección de rectores, lo que genera complicaciones las más de las veces, y en su desarrollo es frecuente que afloren di-ferencias y divergencias entre diversos estamentos universitarios y entre las propuestas y programas de quienes disputan tales cargos; además, en más de uno de dichos procedimientos electorales saldrán a flote acusaciones sobre proce-deres y pasados de diversos candidatos, lo que puede ser germen de dolorosos conflictos internos.
Por otra parte, será un año en el que el tema de la reforma a la educación superior estará a la orden del día y los debates sobre su continente y contenido marcarán el norte del futuro de las universidades. Algunas de tales ideas y comentarios serán hechos inteligentemente por voces autorizadas del pensamiento y del sector educativo. Otros, proferidos con famélicos elementos de juicio y autosuficiencia, desorientarán más que otra cosa.
Pese a todo lo anterior, poco o casi nada aflorará de algunos graves problemas de fondo que viven muchas universidades, si bien en algunas de ellas son más críticos, pero algo tienen en común: son difíciles de capotear con éxito. Es más, en muchas se ha optado por la más equivocada de las políticas: el ignorarlos, pese a que borbotan.
Tales problemas son producto del signo de los tiempos y del papel que desgraciadamente ha jugado Colombia en ese drama que se llama narcotráfico.
Llegó el momento de debatir en forma inteligente y sensata el qué hacer frente al creciente microconsumo de estupefacientes que hay en buen número de universidades, pues no por seguir ignorando el asunto este cederá terreno.
Ha aumentado bastante el número de universidades en las que hay microtráfico de alucinógenos, expendedores y jíbaros ajenos a ellas y estudiantes que en las aulas venden drogas ilícitas y viven de ello, mientras otros las compran y consumen. ¿Qué hacer?
Otro problema que ha ido creciendo es el mercado sexual femenino y masculino, homosexual y heterosexual. Al respecto, es prudente no seguir tapando el sol con la mano para guardar las apariencias, mientras el dolor de cabeza aumenta.
Estos y otros conflictos que se viven al interior de las universidades, centros educativos que son laboratorio de la realidad nacional, exigen ser debatidos correcta y honestamente, con cabeza fría, para buscar una solución atinada, antes de que las cosas se salgan de las manos.










