Las historias que se narran al respecto son espeluznantes y el problema crece en progresión geométrica
Publicado por: REDACCIÓN EDITORIAL
Vanguardia Liberal, en este espacio editorial, a lo largo de los últimos meses lo ha expresado en varias oportunidades: es hora de mirar las cosas de frente, evaluar qué tanto ha penetrado entre los colegiales y universitarios esa maldición que son los estupefacientes y definir políticas radicales a seguir para hacerle frente a tan desgraciada realidad.
No es que tímidamente el tráfico de estupefacientes esté tratando de llegar a las puertas de colegios y universidades; la realidad es distinta, hace tiempo los mercaderes de alucinógenos llegaron allá, entraron y en más centros académicos de los que imaginamos son hoy un factor determinante de poder. Desafiantes, con nichos de mercado cada vez más amplios, apoderados de espacios en el interior de las aulas, los jíbaros hacen de las suyas entre nuestra juventud y la respuesta de las autoridades académicas y de la sociedad ha sido inferior al desafío que enfrentan.
Ya en colegios y universidades hay estudiantes que tienen como actividad laboral el vender drogas alucinógenas a sus compañeros; son personas que ya forman parte de oscuras redes del microtráfico, por su actividad reciben dinero con el que compran ropa, lujos diversos de los que hacen ostentación e inclusive, en algunos casos, es de tal actividad de donde obtienen ingresos para pagar matrículas y útiles.
La comunidad santandereana a este respecto no puede seguir creyendo, ingenuamente, que el asunto es de otros y no de todos. Ya los estupefacientes forman parte del mundo de las nuevas generaciones y o valientemente la colectividad enfrenta tamaño desafío o sufre las consecuencias, que son inenarrables, de las que son hoy víctimas los padres y familiares de los muchachos que ya cayeron en la adicción y se convirtieron en terribles problemas para los suyos.
Hay universidades donde se sabe en qué sector de sus instalaciones se consume droga; entre los estudiantes se sabe quiénes venden al menudeo tales mercancías ilícitas y, ¿qué medida eficaz han tomado las directivas de colegios y universidades?
Quienes dirigen las instituciones académicas se sienten solos y desarmados frente a tal problema y muchas veces son víctimas de amenazas hechas por personas que están enriqueciéndose al vender estupefacientes a estudiantes, delincuentes que aprovechan la falta de acción de las autoridades y del Estado.
Las historias que se narran al respecto son espeluznantes y el problema crece en progresión geométrica mientras la respuesta es raquítica y lenta, habiendo el peligro de que cuando la sociedad decida actuar el problema se haya ya salido de las manos y las secuelas dominen el espectro.










