Publicado por: Editorial
Según previsiones de los expertos, el fenómeno de El Niño se acerca con una intensidad que no se ha registrado en más de cien años y sobre el que los meteorólogos advierten que hay entre un 80 % y un 90 % de probabilidades de que alcance niveles fuertes o extremos, una realidad que nos espera en unas cuantas semanas. La sequía, el calor abrasador y los incendios forestales pronosticados, dada la fuerza del fenómeno, serán de grandes magnitudes, y lo que esperamos es que las autoridades nacionales, departamentales y locales estén preparándose adecuadamente para enfrentar esto.
Pero preocupa que, desde las instituciones oficiales, no haya pronunciamientos más frecuentes, más claros e ilustrativos, no solo sobre los temores o las consecuencias de la ola de calor que se acerca, sino sobre las medidas preventivas que han adoptado, pues la ciudadanía tiene derecho a saber qué riesgos concretos correrá en los próximos meses, sobre todo en un departamento con ecosistemas tan diversos y vulnerables como el nuestro. La población necesita conocer en detalle qué zonas sufrirán los calores más extremos, cuáles quedarán expuestas a incendios forestales o a la carencia de agua y qué impacto tendrá todo esto en la vida diaria.
El estrés hídrico que se avecina no solo afectará el caudal de los ríos, sino también la salud de las personas y la supervivencia de la producción agrícola. Muchos de los cultivos, base de nuestra economía local, podrían perderse por el sol implacable y la falta de lluvias. Las autoridades deben explicar entonces, clara y explícitamente, cuáles son las áreas más propensas a la sequía extrema. También tienen la obligación de detallar qué planes existen para garantizar el suministro de agua potable, especialmente en las periferias y comunidades rurales, donde el calor golpea con mayor saña y las fuentes son escasas.
Pero hay un aspecto que tampoco puede descuidarse, y es la salud pública. Las olas de calor pueden deshidratar, descompensar o incluso matar a personas vulnerables, particularmente niños, ancianos y enfermos crónicos. ¿Qué recomendaciones concretas tienen las secretarías de salud para cada zona del departamento? ¿Qué se debe hacer ante un golpe de calor? ¿Cómo identificar los síntomas de insolación? Se requiere una campaña masiva, en escuelas, centros de salud y medios comunitarios, que enseñe que el calor extremo representa grandes peligros y cómo protegerse de ellos.
La propagación del dengue y otras enfermedades transmitidas por vectores también se acelera con el incremento del calor, por lo que hay que prevenir antes de que las salas de urgencias se rebasen. Los incendios forestales constituyen otra arista de esta misma amenaza, pues el viento seco y las altas temperaturas pueden convertir cualquier chispa en una catástrofe. Las autoridades saben, o deberían saber, cuáles son los corredores biológicos y las reservas naturales con mayor riesgo, y ese conocimiento debe convertirse en alertas tempranas para toda la población, además de que debe cuidarse también la vida de cientos de especies animales.
No se trata de sembrar pánico, sino de prepararse, pues la fauna y el medio ambiente, que ya sufren por la deforestación y la minería ilegal, no resistirían una temporada de incendios descontrolados. No podemos esperar a que el agua escasee, a que los termómetros marquen récords o a que el humo oscurezca el cielo para reaccionar. La previsión detallada que las autoridades ya deberían tener lista debe llegar a conocimiento de la gente.
Por todo esto es que insistimos, frente a la situación que se avecina, en que se informe sin demora sobre los planes de contingencia para los sistemas hidroeléctricos, el mantenimiento de drenajes en zonas de riesgo y el reforzamiento de las alertas locales, pues toda esta información, si es clara, concisa y está oportunamente en manos de la ciudadanía, evita que se presenten desgracias y ayuda a salvar decenas de vidas.












