Publicado por: Editorial
Bucaramanga en algún tiempo fue modelo de limpieza en Colombia, pero hoy no solo encontramos en las calles basura doméstica, sino también residuos voluminosos, como muebles, llantas y electrodomésticos que son arrojados irresponsable e impunemente al espacio público, evidenciando una profunda falla cívica y administrativa que trasciende por mucho el simple problema de limpieza, frente al que las entidades oficiales están siendo largamente superadas, pues sus acciones, que incluyen el retiro de más de mil toneladas en un año, no logran remediar la situación.
Lo cierto es que, por mucho que se recoja en un día, el problema persiste y se reproduce al día siguiente de cada intervención. La existencia de al menos 125 sectores críticos como botaderos de basura revela una estrategia insuficiente frente a la crasa incultura e insensibilidad ciudadana que prefiere la solución fácil de abandonar los residuos en la vía pública, sin entender que esto tiene graves consecuencias, comenzando por la proliferación de plagas y malos olores que convierten las calles en focos de infección que atentan directamente contra la salud pública.
En esta situación intervienen, por supuesto, la falta de políticas serias de reciclaje y la carencia de rutas exclusivas para materiales aprovechables, lo que ha hecho que la gente perciba el asunto de las basuras como una dinámica simple de consumir y desechar, lo que termina en el pernicioso efecto de derrochar recursos y multiplicar el volumen de desechos, lo cual refleja una evidente falta de educación sobre el manejo adecuado de los residuos.
Esto lleva, a su vez, a la práctica ilegal de contratar transportadores informales que abandonan la carga en cualquier lote baldío o quebrada, con lo que causan un grave daño ambiental a toda la comunidad, pues el perjuicio se extiende no solo al espacio público y la escarpa, sino también a más de cien quebradas que cruzan el área metropolitana, por donde termina circulando esta contaminación que destruye ecosistemas vitales, envenena el agua y, obviamente, afecta la calidad de vida de las comunidades, generando un círculo nefasto de degradación ambiental.
En cuanto a basuras, vivimos realmente una etapa crítica en la que intervienen, cuando menos, los residuos de todo tipo en las calles, la incertidumbre de El Carrasco, la falta de opciones y políticas de reciclaje y la contaminación de las quebradas, lo cual, como decíamos, afecta la salud física, pero también la salud mental de la ciudadanía, pues vivir rodeado de suciedad y desorden genera insensibilidad, desarraigo y una sensación de desesperanza que mina el tejido social y la autoestima colectiva, al hacer de la ciudad un lugar cada vez más hostil.
Esto significa, entre otras cosas, que la limpieza urbana no es un capricho estético, sino un pilar fundamental para la dignidad y el equilibrio psíquico de los habitantes. Devolverle a Bucaramanga sus mejores condiciones en este campo exige compromiso de las autoridades, que deben enfrentar con mayor eficacia el problema de la basura, sin olvidar que esto debe acompañarse de un cambio de mentalidad en cada persona.












