Publicado por: Editorial
La ciudadanía de Bucaramanga debe regresar a la comprensión y la práctica del civismo, como un desafío ético y práctico que define nuestra calidad de vida, en tanto se trata del conjunto de actitudes y comportamientos que reflejan el respeto por el espacio común y por las personas con quienes se comparte la cotidianidad. No se trata de una imposición superficial o vacía, sino, por el contrario, de una herramienta objetiva y necesaria para que la ciudad funcione con armonía y justicia.
Retornar al civismo implica reconocer que el individuo no existe en el vacío, sino que su bienestar depende directamente de la acción colectiva, pues cada contribución o transgresión de una persona tiene un impacto medible en la seguridad, la salud o el ánimo de los demás. Cuando se descuida este concepto, no se está ejerciendo una libertad, sino una negligencia que es costosa para el conglomerado social.
La noción de cultura ciudadana (integrada al civismo) debe llevar a la conciencia de pertenecer a una red de responsabilidades mutuas, empezando por entender que el otro existe y que posee los mismos derechos que todos, lo cual convierte al civismo en un pilar de la convivencia, pues cuando una persona actúa adecuadamente, no está solo ‘portándose bien’, sino haciendo una contribución directa y tangible a la estabilidad de su entorno familiar y comunitario, pues actuar con cultura reduce la fricción social y permite que la energía colectiva se dirija hacia el progreso común.
La calidad de vida en una ciudad no mejora únicamente con infraestructura o con inversión pública, sino que también lo hace cuando cada ciudadano asume que su comportamiento diario es el insumo principal de la convivencia. En ese sentido, el civismo es la práctica de la solidaridad y el reconocimiento del otro como un igual en derechos y obligaciones, de lo cual dependen la equidad y la posibilidad de que todos disfruten de una ciudad amable, por ejemplo. Una comunidad que se cuida a sí misma es aquella que exige respeto para cada uno de sus miembros, pero que también lo otorga sin reservas.
Para que este cambio sea duradero, se requiere que el fomento del civismo sea una política permanente, impulsada desde los gobiernos locales, las aulas escolares, las universidades, las empresas. Los niños deben aprender en la escuela la importancia de cuidar su entorno y de tratar adecuadamente a sus semejantes. Las empresas y los gobiernos deben promover entre sus empleados el respeto por la comunidad en la que operan. Una alianza entre el Estado, el sector educativo, el sector productivo y los hogares podría lograr un cambio cultural profundo. Esa alianza debe ser práctica, con objetivos claros, positivos y recompensas ciertas.
Lo que se propone es una nueva forma de entender la ciudadanía que vincule directamente el respeto al otro con el progreso de todos, no a través de una lista de prohibiciones o de normas de urbanidad insustanciales, sino de un catálogo de acciones que construyen bienestar.











