Esta larga guerra ha dejado un país lleno de cicatrices y muchos dolores aún latentes, lo que hace especialmente sensible el ambiente hasta el día del plebiscito; eso debe hacer que se entienda la necesidad de que se respete el fuero interno de cada colombiano y se le permita votar con la certeza de que decidió por él mismo
Publicado por: REDACCIÓN EDITORIAL
Culminó en La Habana el proceso de diálogo y negociación de los acuerdos de paz entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc, lo que, por ahora, se constituye en el punto culminante de una confrontación bélica que supera los 50 años y ha dejado decenas de miles de víctimas en todo el territorio colombiano.
La conclusión de las conversaciones su-pone, de hecho, que el país ha llegado al momento del que habló el presidente Santos hace cuatro años cuando explicó que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. Así, por lo visto, ya todo está acordado y el paso que sigue es el de aprobar o no en las urnas lo que se firmó en La Habana.
Se llega a un momento histórico por dos razones principalmente, porque se logró lo que hace solo cuatro años parecía impensable y es acordar la paz con la guerrilla más numerosa de Colombia, y también porque, por empeño del Presidente y sin que las nomas legales o constitucionales se lo impusieran, pone ahora todo en manos de los ciudadanos para que, mediante plebiscito, exprese soberanamente su voluntad.
Esto significa que, después de un cua-trienio de intensas negociaciones, sobre las que la comunidad internacional mantuvo gran expectativa, acompañamiento y apoyo, ahora la suerte de todo ese proceso está en las manos de cada uno de los colombianos ya que es la mayoría que se exprese por el Sí o por el No, la que determinará el camino a seguir en los años venideros.
Por esto es necesario que el proceso de votación del plebiscito se lleve en los términos más responsables que sea posible, que los partidos sirvan más para instruir que para presionar y que los ciudadanos traten de conocer por sí mismos los pormenores de los acuerdos para que en la decisión final intervenga mucho más la razón que la emoción.
Esta larga guerra ha dejado un país lleno de cicatrices y muchos dolores aún latentes, lo que hace especialmente sensible el ambiente hasta el día del plebis-cito; eso debe hacer que se entienda la necesidad de que se respete el fuero interno de cada colombiano y se le permita votar con la certeza de que decidió por él mismo, por su familia y por el país, porque lo que se elige no es a una persona, sino el futuro de esta y las próximas generaciones de colombianos.










