Repasando un poco el pasado a lo cual somos muy dados los mayores, recuerdo que en mi juventud no existían los politólogos y analistas. Los comentarios sobre los hechos más importantes de la vida nacional e internacional se limitaban a una entrevista con algún maestro o profesor conocedor del tema, sin otra pretensión que la de ilustrar al oyente sobre algunos detalles casi siempre desconocidos por el público. Sin embargo, ahora que los noticieros de televisión son interminables, han venido proliferando los comentaristas de todos los temas, que hablan y hablan sin descanso tratando de acertar u orientar la opinión con base en algunos pequeños datos o tomando como punto de referencia algún hecho pasado o en el mejor de los casos lo que comúnmente aconseja la lógica. Como ha venido ocurriendo en los últimos días, estos orientadores de opinión cada vez aciertan menos y lo único que queda es una demostración patente de que la realidad es difusa e impredecible, tal como lo habíamos aprendido en las clases de la escuela. Cuando los resultados de las contiendas son totalmente contrarios a lo que se esperaba como suele ocurrir en materia electoral y deportiva, nadie reconoce su equivocación y antes bien continúan analizando y dando versiones sobre lo ocurrido como si nada hubiera pasado. A esta falta de autocrítica se debe que todo el mundo se sienta autorizado para hablar sobre lo divino y lo humano y que las mismas universidades expidan títulos graduando personas en politología y comportamiento social para llenar las vacantes que exigen los noticieros. La realidad, que a veces se burla un poco de lo predecible, no deja de darnos lecciones de prudencia que casi nunca tenemos en cuenta cuando estamos hablando o mejor, especulando de lo que no ha ocurrido. Capítulo aparte merecen las encuestas de opinión, tan desprestigiadas como los mismos analistas, con el agravante de que estos procedimientos de medición supuestamente están respaldados por fórmulas estadísticas y por consiguiente deberían ser menos susceptibles de presentar errores en sus resultados. Ojalá la selección Colombia le gane esta vez a Argentina, para seguir analizando y justificando que otra vez la lógica le jugó una mala pasada a los comentaristas.