Todo aquel que tenga hijos entre los 10 y los 18 años tiene claro que el mundo está cambiando a un ritmo vertiginoso que nos exige por igual, -tanto a quienes somos padres, como a los que no- la máxima concentración posible. Son varios los factores que influyen: Uno, estamos viviendo un momento crucial en la historia de la humanidad. La revolución tecnológica que inició a principios de la década de los noventas en el siglo pasado, sigue transformando los hábitos, costumbres y códigos que rigieron al planeta durante al menos los últimos cincuenta años, y ya se encuentra en su cuarta etapa o nivel de desarrollo: la revolución tecnológica 4.0. Como si eso no fuera suficiente, los tiempos que corren traen implícita una gran amenaza: la crisis económica de Wall Street, que sacudió al mundo en el 2008, y que aún hoy once años después no ha podido ser superada, ha generado graves problemas sociales, que –incluso- ha puesto en riesgo la estabilidad política de países tradicionalmente sólidos como Alemania o Francia. Es una lógica humana y universal: la falta de liquidez genera una crisis: de repente, a los ciudadanos del común ya no le parecen necesarios los inmigrantes. Es un asunto que va más allá de los prejuicios sociales. Se trata de sobrevivir. De un momento a otro, aquellos trabajos u oficios que no estaban al nivel de los locales se convierten en la única opción posible de trabajo para los nacionales. Es entonces cuando apestan los inmigrantes: tienen nuestros trabajos, gastan nuestros recursos, y ocupan nuestro espacio. Repito: en muchos casos, no se trata de racismo, o exclusión. Se trata de hambre, y sobre todo de miedo.Para acabar de rematar, y al menos en lo que a nuestro país, y a los países latinoamericanos se refiere, es evidente que a la par con el impacto de la revolución tecnológica y/o la crisis económica que viene azotando al planeta, se ha venido generando una revolución cultural sin precedentes en la región. Me refiero a la ruptura evidenciada a partir del fenómeno o género musical conocido como reggaetón, en el que más allá de la explosión de un ritmo o unos acordes que han resultado ser universales, se expresa una cultura misógina, machista y violenta que refleja la realidad de las sociedades latinoamericanas, y la explosión de la sexualidad en los jóvenes de países como el nuestro que desde tiempos inmemoriales ha sido manejado con mano dura y muy conservadora. Como lo decía al inicio de esta columna: son tiempos difíciles para criar hijos en un mundo que cada vez es más complejo, avanzado y volátil.