Con motivo de un aniversario más de vida de la bella población, el poeta Juvenal Fonseca Moreno escribió un hermoso poema. “Ciudad noble y procera que atesoras/ Motivos especiales para amarte./ Que revives a diario en tus auroras/ El encanto que tiene una obra de arte./ Sigues siendo tan joven y tan bella/ Engalanada en tus mejores bríos. / Mostrando siempre tu gracia de doncella/ Como quiso Mantilla de los Ríos./ Orgullosa defiendes tu hidalguía/ Que heroicamente alcanzaste un día/ Con el valor de eterno centinela./ La patria te guarda en su memoria/ Por defender la ciencia, que la historia/ Rememora en el padre Valenzuela. /”A lo largo y ancho de unas planicies, cercanas montañas hacia el norte donde irradia sus colores el sol tropical y en las noches relumbran las estrellas, vivían en común maridaje las primitivas etnias de nuestro territorio. Aquellas familias procreadas en los rincones del trópico, con sus rostros pintados y sus cuerpos cubiertos con hojas desprendidas de la exuberante flora, adoraban a sus dioses con un viento de canciones y mantenían con valor los linderos de su territorio. En 1532, cuando Ambrosio Alfinger ingresó con su tropel al valle del Río de Oro en busca de la riqueza mineral y vegetativa, la historia mostró engañosos episodios. La invasión de los denominados conquistadores, los genocidios que llenaron de dolor a los indígenas en 1562, cuando la ambición del oro alteró la paz entre los dueños de la heredad fundada por Francisco Mantilla de los Ríos, cambió el diario vivir para legarnos los pormenores de dolorosos acontecimientos.Unos años más tarde en 1630, aquel paradisiaco rincón de América con cimas y ceibas gigantes, obtuvo el nombre de Villa de San Juan Bautista de Girón y a partir del siguiente año, cuando llegaron otros inmigrantes deseosos de beneficiarse de la riqueza ajena, también se extendió el desarrollo urbano y varias familias se desplazaron hacia Bucaramanga, fundada por Andrés Páez de Sotomayor.