El Ministerio del Interior (antier) tenía registradas 5.071 iglesias y según afirman sus funcionarios, todos los días se hacen entre 80 y 90 solicitudes de registro de esas instituciones. Esas iglesias no están obligadas a tributar nada, salvo la retefuente por servicios “distintos a los pastorales”, y cuando lo que les llegue del cielo sea una herencia. Lo que quiere decir que diezmos, limosnas y aportes no tienen que ser registrados y yo agregaría que ni siquiera van a servir para redimir pecados, como lo confirmarán los feligreses cuando pasen al otro reino.Un informe de la revista Dinero del 2016 decía que entre todas las iglesias (incluida la católica) no tributan más de $250 millones al año. Seguramente entre su feligresía sí hay muchos que religiosamente pagan el diezmo, pero que hacen hasta lo imposible por hacerle el quite a la Dian y a los impuestos que hay que pagar por vivir donde vivimos. Es un acuerdo social el último, el otro es pastoreo.Establecer iglesias se volvió un negocio rentable, para el cual es muy poco lo que hay que tener: un buen orador, gente padeciendo necesidades (materiales o de las otras), infundir miedo y un libro histórico para aprender de memoria, que el líder interpretará de la mejor manera, para decidir qué pueden hacer y qué no sus ovejas. Obviamente lo que siempre tendrán qué hacer es entregar el 10% del producto de su trabajo, porque así lo quiere dios.Tuve una colaboradora en mi hogar que tenía que repartir su salario mínimo entre dos hijas (es madre soltera), arriendo, pago de servicios y ayuda a su madre enferma. Podía colgarse con los servicios, pero no con el diezmo a su iglesia, porque qué tal que dios se enfurezca y la castigue con alguna calamidad. La libertad es un bien muy preciado, pero no nos gusta ejercerla. Uno es libre de creer en lo que quiera, pero a veces parece que nos llenamos de creencias como si fuera un placebo, tranquilidad momentánea para dejar en manos de otros nuestra trascendencia.