Lunes 26 de Febrero de 2018 - 11:30 AM

El 'fantasma' de una profesión que quedó en el olvido en Bucaramanga

Carlos Arnulfo Arias se convirtió en uno de los libreros más reconocidos en Bucaramanga gracias a su pequeña librería ‘Librarium’, un espacio que, al igual que su profesión, se quedó olvidado en el tiempo de una sociedad tecnológica.
Fabián Hernández/ VANGUARDIA LIBERAL
El 'fantasma' de una profesión que quedó en el olvido en Bucaramanga
(Foto: Fabián Hernández/ VANGUARDIA LIBERAL )

Sentado sobre la única grada de un salón de la Biblioteca Municipal Gabriel Turbay, un hombre de avanzada edad pero de gran carisma le pide a una decena de personas, entre jóvenes y adultos, que en una hoja blanca escriban una breve historia de una silla rota.

- “No deben leerlo en público, no habrá comparaciones de uno con otro y tampoco correcciones. Solo dejen que la imaginación fluya”, ordena con un tono que se pasea entre la amabilidad y la locura, mientras se acomoda sobre la nariz los lentes redondos que ata con una pequeña pita alrededor de su cabeza.

Junto a él reposan un par de bolsas de tela, que guardan en el interior algunos de sus libros favoritos y otros de autoría propia. Siempre los lleva consigo para regalárselos a quienes se le acercan.

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Aquel hombre tiene los cabellos blancos, las arrugas marcadas sobre la frente, el aspecto de los sabios y en su cabeza las miles de historias que ha leído en toda su vida gracias a una profesión que desde hace años se quedó en el olvido.

Su nombre es Carlos Arnulfo Arias, nació en Cúcuta un día de marzo de 1953 y es el último librero que queda en Bucaramanga.

Es casi un ‘fantasma’ que deambula entre las librerías y bibliotecas de la ciudad con la nostalgia de haber entregado su vida a los relatos ocultos de cada estantería que tuvo frente a sus ojos.

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Una vida entre libros y letras

La primera vez que ‘El maestro’, como le dicen quienes lo conocen, se enamoró de los libros tenía ocho años.

Su padre, un humilde sastre que leía sin falta los periódicos dominicales, le daba un par de pesos para comprar los cuentos infantiles ilustrados que llevaron a volar su imaginación por primera vez.

Desde ese día el viaje ha sido tan largo que su biblioteca ya supera los 5 mil libros. De ellos, casi todos están leídos, el resto están en proceso.

Es un orador por naturaleza. Habla de política, arte, música, historia, cultura, el proceso de paz y de su especialidad: los libros.

Su trabajo, desconocido por muchos y dejado en el olvido por otros, lo convirtió en un loco de la vida. O por lo menos, eso es lo que le dicen los demás y él no se esfuerza por negarlo.

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Al contrario, ahoga la risa y pone cara de serio cuando afirma que la locura es la máxima expresión de la libertad y que de locos está lleno el mundo.

Empezó como librero hace décadas, en la Avenida Jiménez con quinta de Bogotá, cuando tocó a las puertas de la librería de su homólogo, el viejo alemán Karl Buchholz, quien contrataba a los intelectuales de la época.

Carlos Arnulfo era tan solo un joven estudiante de Economía de la Universidad Nacional.

Aprendió el arte de seleccionar libros, agudizó su olfato y ojos miopes para descubrir la magia entre las portadas y páginas polvorientas que otros dejaban de lado.

Los libros leídos siempre han sido sus favoritos. Para él, no son libros de segunda, son universos ya explorados.

Llegó a Bucaramanga hace más de quince años con su pasión a flor de piel. Fue docente universitario, diseñó planes de lectura para varias organizaciones, ayudó a la creación de nuevos espacios culturales y años más tarde, cansado del poco apoyo de las editoriales, abrió su propio ‘rinconcito mágico’.

Un paraíso literario

En el segundo piso de un edificio ubicado en la calle 35 con carrera 22, la magia tenía lugar para quienes atravesaban la puerta e ingresaban a un local que medía poco más de 30 metros cuadrados, conocido bajo el nombre del ‘Librarium’.

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Quienes frecuentaban el establecimiento sabían que la comodidad no era un privilegio para los asistentes sino para los libros.

- “El Librarium era un espacio bohemio, un lugar en el que los libros estaban cómodos y las personas incómodas por la gran cantidad de estanterías. Allí, también había un pequeño rincón donde Carlos Arnulfo escribía. Es de esos hombres que ha vivido de las letras y se mantiene firme en su idea”, recuerda Juan Manuel Sánchez, uno de esos amantes de los libros que encontró en ‘El maestro’ a un amigo más y quien le ha conseguido cerca de 200 ejemplares que parecían imposibles de encontrar.

Algunas veces, para entrar al ‘taller de los libros’ y ser atendido por el mismo Carlos Arnulfo, de manera personalizada, era necesario sacar cita tal y como si fuese un médico de esos que en su especialidad solo hay uno.


Es así como tuvo frente a sus ojos a grandes personalidades de aquellos tiempos y pudo perfeccionar su técnica para recomendar libros.

No sabe explicar cuál es el secreto para hacerlo de manera correcta, pues cree que las fórmulas no existen.

Simplemente lo hace y su ‘sexto’ sentido no falla.

Aun así, tiene claro que no a todos se les recomienda el mismo libro y que un mismo libro muchas veces no es para todos.

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Ellos también son celosos, necesitan generar empatía con aquellos que recorrerán sus páginas y encontrarán entre líneas un nuevo mundo por conocer.

Es justamente allí donde reside la diferencia entre un librero y un vendedor de libros.

- Pero, ¿a quién le importa la diferencia entre uno y otro si ya los libreros no existimos...?, se cuestiona el hombre mientras observa cómo el humo sale de su pequeña taza de café.

Adiós... ‘señor librero’

En la década de los años 70 nombres como ‘Iris’, ‘Flecha Blanca’, ‘Lima’ y ‘Espartaco’ eran reconocidos por los hombres y mujeres más cultos de la ciudad.

Bucaramanga era cuna de las librerías.

Pero un día, la llegada de las grandes editoriales a la ciudad y de las nuevas tecnologías hizo que sus puertas se cerraran de manera definitiva.

‘Librarium’ corrió con la misma suerte hace un año y un par de meses cuando Carlos Arnulfo bajó el telón de lo que sería la mejor función de su vida: la de ser librero.

- “Las editoriales acabaron con nosotros. Un librero no es una ‘especie’ en vía de extinción, es un supérstite. Ya nos extinguimos. Yo solo soy un fantasma que se niega a abandonar la pasión por los libros”, dice con la voz entrecortada y, ahora, con una cerveza en la mano.

Ya no tiene su ‘rinconcito mágico’ pero pasa la horas en medio de una su librería personal y en compañía de Mono, su fiel amigo de cuatro patas.

Es consciente de que su profesión ya poco es recordada pero no puede evitar frecuentar las calles de ventas de libros en busca de alguna ‘joya’ que supere los 20 años.

Esos son los ejemplares más difíciles de conseguir, pero en el rebusque se encuentra de todo.

Sabe que la mejor manera de seleccionar un libro es a fuerza de equivocarse, de pecar, de pasar por curioso y ojear algunas de sus líneas.

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Se llama así mismo un librero marginal, es escritor empedernido aunque muchos de sus textos reposan en sus escritorios y no han sido publicados aún. Es amante de la pasta, el vino, la música, las cosas simples, la naturaleza y las conversaciones.

Cada fin de semana viaja 38 kilómetros desde Charta a Bucaramanga con un solo objetivo: el de formar futuros ‘fantasmas’. Jóvenes que amen las letras tanto como para convertirse en libreros, para seguir con su legado.

Por ahora, Carlos Arnulfo Arias seguirá paseando entre polvo, tinta y los recuerdos de aquella profesión que ya quedó atrás pero que llenó su vida de felicidad, magia y libros leídos.

* "Hay una diferencia abismal entre un vendedor de libros y un librero. El primero despacha a la manera de un tendero; el segundo ha hecho de los libros un apostolado y, por tanto, su función va mucho más allá: sugiere, consigue el libro que necesitas y mantiene contigo una relación como la del médico con su paciente", AlbertoSalcedo Ramos. 

* Aunque Carlos Arnulfo Arias ha leído casi el 90% de su biblioteca personal, lo que corresponde a un total aproximado de 4 mil 500 libros, su favorito es ‘Carta a un rehén’ de Antoine de Saint-Exupéry, publicado por primera vez en 1943.

Fotografías Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL. 

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