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Domingo 10 de Septiembre de 2017 - 12:05 PM

La noche en que el público de Bucaramanga vio llorar a ‘Tongorito’

A sus 87 años de edad, Pedro Alberto Zambrano, más conocido como el payaso ‘Tongorito’, recibió un sentido homenaje en el Circo Montecarlo, en Bucaramanga, por sus 72 años de carrera artística. Una noche que él y el público recordarán por siempre.

Las luces de la carpa blanca con líneas rojas ubicada en un lote de 500 metros cuadrados se apagaron por un momento. El reloj marcaba las 9:15 de la noche de un 23 de agosto en el Circo Montecarlo.

-¡Que empiece la función!

Rápidamente aparecieron los destellos de las cámaras y celulares de más de 500 asistentes, quienes estaban listos para grabar la llegada de las estrellas: los payasos. Aquellos que debían, tal y como lo hacen cada noche, sacar decenas de sonrisas a niños y adultos que aún creen en la magia del circo. Una profesión que cada vez se hace más dicífil.

En medio de la oscuridad, el sonido de los platillos y tambores, que en realidad eran ollas de acero, acompañaba los pasos de los siete artistas que uno tras otro salían a la tarima. La misma que minutos después funcionaría como pista de BMX de tres acróbatas. Todos los artistas, menos uno, vestían de blanco.

Aquel hombre con el pelo canoso, ojos brillantes y sonrisa amplia era único entre los demás, con su caminar pausado y su traje de soldadito de plomo.

Destacaba no solo por sus prendas color rojo oscuro con lentejuelas doradas, zapatos blancos y un gran sombrero, sino por ser el ‘capitán de pelotón’, un puesto que se ganó tras más de siete décadas de trabajo. Su nombre artístico está la memoria de muchos santandereanos, es ‘Tongorito’, el payaso más viejo de Colombia.


Esa noche ‘Tongorito’ parecía tener más energía que la habitual y un brillo diferente en la mirada. Se sentía especial.

Su actuación sobre la pista tardó poco más de 10 minutos, las risas del público fueron su mayor recompensa. Él, con una botella de plástico en la mano, marcaba el ritmo de la marcha mientras la movía con fuerza sobre su cabeza.

A su paso lo seguían seis payasos: un par de ellos mexicanos y otros colombianos; un par más que no superaban el metro de altura, pero cuyas sonrisas eran gigantes y llenas de color. Sus sombreros, que también eran ollas, reflejaban las luces azules, rojas y verdes que una vez más estaban encendidas en aquella carpa en la que el viento fluía con facilidad y las tablas del piso crujían con cada paso.

El público estaba atento a cada movimiento. ‘Tongorito’ y su batallón de ‘soldados locos’ bailaron, cantaron, hicieron bromas y actuaron. Pero el momento de marcharse llegó.

Risas, aplausos y algunos silbidos acompañaron la salida del payaso ‘Tongorito’, aquel que una vez más le había cumplido a los asistentes y que ahora se despedía con una venia y un suave meneo de su sombrero.

El espectáculo debía continuar.

Una vida haciendo reír

‘Tongorito’ es en realidad Pedro Alberto Zambrano, un bumangués de 87 años, de los cuales ha dedicado 72 al entretenimiento del público.

A su edad son muchas las cosas que le cuestan. Su esposa cuenta que se le dificulta subir escaleras, aunque lo hace con paciencia y tomando pequeñas pausas. Dice que se siente como niño mimado en su hogar, aquel que comparte con su esposa y sus hijos.

Sus manos tiemblan mientras sus recuerdos lo devuelven a los 15 años, cuando se escapó de casa en busca de un sueño. Pero para esa época su amor eran las acrobacias.

No olvida que el Circo Negrín fue el primer escenario que le abrió las puertas para mostrar su talento.

- “Yo vendía dulces en el circo, pero cuando los artistas ensayaban les pedía que me enseñaran. Me gustaba mucho el trapecio”.

Cuenta que ensayaba día y noche durante extensas horas. Así, poco a poco, pasó de ser espectador a ser artista. Más de 20 circos, algunos nacionales y unos cuantos internacionales, mostraron su talento en el escenario. Cientos de niños y adultos rieron gracias a él.

Lea también: Un corazón que une una ‘Amistad de titanio’ en Bucaramanga

La voz de ‘Tongorito’, suave y pausada, a veces se quebranta y otras veces sube de tono. Sus recuerdos, por momentos, también vuelan y vuelven.

- “Yo vendí Vanguardia a cinco centavos. Tenía ocho años y llegaba a recoger el periódico a las 3 de la mañana...”, dice mientras mira sus manos con detenimiento.

Recordar sus primeros pasos y triunfos lo llenan de nostalgia y orgullo, en especial cuando cuenta que en sus 72 años como artista solo sufrió dos accidentes. Ninguno de ellos fue grave.

Aprendió a dominar los cuchillos, la cuerda floja, a hacer acrobacias y hasta a domar burros. Toridia, Gitano y Pinina fueron sus ejemplares favoritos, a ellos los conquistó con zanahorias.

Fue acróbata por 15 años, pero luego descubrió que su verdadera pasión era ser payaso. Jamás imaginó que no tendría espacio para las tristezas, su misión era hacer reír al público.

Gracias al circo no solo hizo sus sueños realidad, sino que conoció el amor, en enero de 1960.

El espectáculo había llegado a Bogotá despertando la curiosidad de los capitalinos y entre ellos estaba Mery Rodríguez.

Su esposa solo tenía 15 años y él 30; sin embargo, eso no fue impedimento para que conformaran la familia de ‘Tongorines’. Así, Henry, Augusto, Milton, Peter, Jhonson y Mauricio, todos payasos, fueron producto de esa aventura de amor que inició ‘cuando ella le clavó una mirada’ mientras él estaba en el escenario.

Mery es seria, de piel morena, baja estatura y mirada firme. Se convirtió en bastonera luego de escaparse de su casa con ‘Tongorito’, pues a su familia no le gustaban los circos.

Cuando habla de su esposo se emociona, dice que ha sido inspiración de muchos artistas y que se siente orgullosa. ‘Tongorito’ confiesa que él mismo hace el maquillaje que usa en los espectáculos, arregla sus trajes, ensaya y fabrica las narices que carga en su bolsillo, hechas de cera. La de hoy está sin terminar: aún le falta la pita.

Una vida haciendo reír, aún con el corazón roto

‘Tongorito’ no sabía que en su arte no hay espacio para las tristezas, su deber es hacer feliz al público. Incluso aquellos días en los que el dolor los enluta.

Su esposa Mery recuerda que la primera vez que actuaron ‘con el corazón roto’ fue hace 40 años. El motivo: la muerte de su bebé. Con la voz quebrada la mujer cuenta que el pequeño Gustavo solo tenía tres meses. Ellos estaban de gira y días antes llegaron a Bogotá.

La madre sabía que el llanto descontrolado del niño indicaba que algo pasaba. Rápidamente ‘Tongorito’ y su esposa lo llevaron a la clínica. Una hernia era la causante de su dolor. Mery recuerda su angustia, especialmente el día en que lo operaron y debió dejarlo al cuidado de su hermana, porque el espectáculo no podía seguir sin ellos.

Terminada la función ‘Tongorito’ regresó a la clínica para ver cómo estaba su hijo. La noticia era devastadora: había muerto.

El sepelio fue al día siguiente. No hubo tiempo de llorar ni de expresar su dolor, pues la gira debía continuar en Villavicencio.

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Pero la tragedia volvió a golpear a la familia la mañana del 22 de agosto de 2013. Una llamada anunciaba la muerte de su hijo Jhonson, quien trabajaba como taxista. Mery estaba en la peluquería, mientras que ‘Tongorito’ reposaba en casa. Recién había salido de la clínica tras los ‘achaques’ que le causan la diabetes.

Prepararon el funeral pero solo pudieron compartir el dolor familiar ese día. El compromiso los llamaba nuevamente.

- “Al día siguiente teníamos dos eventos programados. Aún con la tristeza por dentro, los ‘Tongorines’ salieron a la pista. El público no tiene la culpa de nada”.

El brillo de las lágrimas al caer

‘Tongorito’ es el payaso más viejo de Colombia, y aunque sobre sus hombros recae el peso de 87 años de vida, aún no ‘bajará el telón’.


Se siente joven y orgulloso de lo que hace. Le gusta que las cosas salgan perfectas, que el público se sienta cómodo y que los artistas que lo acompañan en sus funciones también brillen. Pero esa noche él era la estrella, debía lucir como tal.

Sabía que sería homenajeado, sin embargo, no imaginaba de qué manera. Y tal como el hombre independiente que asegura ser, cuidó de cada detalle previo al espectáculo.

Para llegar al camerino debió atravesar un sendero de barro, producto de la lluvia de la tarde. Con paso lento llegó siendo Pedro Alberto Zambrano, y treinta minutos después, gracias a la habilidad de sus manos con el maquillaje, apareció ‘Tongorito’, el payaso que todos esperaban ver.

La camisa celeste, el pantalón gris y sus zapatos negros, fueron cambiados rápidamente por el traje de ‘soldadito de plomo’. Su calzado, antes 38, ahora era 60.

Bajo una luz tenue se dio la transformación, poco a poco sus manos untadas de pintura le dieron vida al personaje que ha escenificado por años: ‘Tongorito’. Los demás artistas ya estaban listos.

Todo listo para su función, esa que lo homenajearía por su labor y esfuerzo, esa que le reconocería como el payaso más longevo del país, esa en la que él sería el único protagonista. El público lo esperaba con aplausos. Los honores eran para él y los recibió del brazo de su esposa Mery.

Sentado en el centro del escenario recibió aplausos, cartas, discursos y fue declarado Patrimonio Vivo de Colombia. Por primera vez ‘Tongorito’ no estaba siendo aplaudido por su presentación, sino por su vida y obra, como una muestra de agradecimiento.

También era la primera vez que la nostalgia se apoderaba de él y le cortaba la voz. Las lágrimas corrieron por su rostro y sus manos no dejaban de hacer reverencias al público como muestra de su cariño.

Esa noche, por primera vez en más de siete décadas, el público vio llorar a ‘Tongorito’.

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