Agro
Domingo 10 de mayo de 2026 - 01:00 AM

¿Estamos alterando la vida del suelo en Santander?

En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.

En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.
En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.

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Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz: ‘El Campo en Tacones’

Últimamente he estado un poco inquieta pensando en las implicaciones ecológicas, bioéticas y biológicas que puede tener la aplicación masiva de ciertas especies de microorganismos sobre nuestros sistemas de producción. Y la inquietud nace porque muchas veces intervenimos la vida del suelo sin detenernos a pensar si realmente comprendemos toda la complejidad que existe allí abajo, en ese universo invisible que sostiene nuestros cultivos.

A veces me pregunto si verdaderamente tenemos el derecho de alterar microbiológicamente un ecosistema que aún no conocemos completamente. Porque, mientras más aprendo sobre agroecología y sobre la vida del suelo, más entiendo que bajo nuestros pies existe una red viva de relaciones que la ciencia apenas comienza a descubrir.

Mi preocupación nace porque la historia ya nos dejó una lección importante con la Revolución Verde. Durante muchos años se aplicaron moléculas químicas que aumentaban la producción y los rendimientos agrícolas, y solo décadas después empezamos a comprender las consecuencias que dejaron sobre los suelos, el agua, la biodiversidad y hasta la salud humana.

Y quizá allí está el punto más importante: actuar con conciencia. No dejarnos llevar solamente por tendencias, recetas o recomendaciones técnicas, sino aprender a comprender los procesos que ocurren en nuestras propias fincas, observando la naturaleza con más humildad y más respeto.

Hoy, aunque la agricultura biológica y regenerativa representa una esperanza frente a muchos de esos daños, también creo que debemos aprender a reflexionar profundamente sobre las nuevas prácticas que estamos implementando.

En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.
En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.

En Santander, por ejemplo, cada vez es más común escuchar recomendaciones técnicas para aplicar Trichoderma en cacao, Beauveria bassiana en café o diferentes cepas microbianas en palma de aceite para combatir enfermedades radiculares, insectos y hongos patógenos.

A primera vista, esta práctica parece representar un enorme avance frente a la agricultura química tradicional. Y probablemente, en muchos casos, sí lo sea. Sin embargo, en medio de mi proceso de aprendizaje sobre agroecología, una inquietud comenzó a crecer dentro de mí.

Porque el suelo no es una bolsa inerte donde simplemente introducimos organismos “buenos” y eliminamos organismos “malos”. El suelo es un ecosistema vivo compuesto por millones de bacterias, hongos, levaduras, protozoos e insectos microscópicos que forman redes biológicas invisibles que aún estamos lejos de comprender completamente. La misma ciencia reconoce que apenas conocemos una pequeña parte de la vida microbiana del suelo y que todavía existe un universo biológico desconocido bajo nuestros pies.

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Actualmente existen investigaciones sobre microbiomas agrícolas que empiezan a cuestionar la visión simplista de aplicar una sola cepa microbiana como solución universal. El artículo científico Microbiomes and Pathogen Survival in Crop Residues, por ejemplo, plantea que la salud del suelo no depende únicamente de introducir un microorganismo específico, sino de comprender las complejas relaciones ecológicas que existen entre comunidades microbianas enteras.

Es decir, el microbioma del suelo funciona como una red biológica compleja donde todos los organismos están relacionados entre sí, y no como especies aisladas trabajando por separado.

Tal vez por eso algunos científicos empiezan a preguntarse si la aplicación continua de una sola especie podría terminar alterando ciertos equilibrios ecológicos invisibles o incluso afectar parte de la cadena trófica microscópica que existe en el suelo.

Desde mi experiencia, considero que sí puede ser válido utilizar ciertas cepas específicas como una intervención temporal cuando un cultivo enfrenta un desequilibrio severo o una enfermedad agresiva. De la misma manera que en agricultura convencional se utiliza un producto para detener una emergencia fitosanitaria, algunos microorganismos pueden ayudar a frenar daños importantes y evitar pérdidas económicas graves.

Pero otra cosa muy distinta es convertir esas aplicaciones en una dependencia constante.

Porque, incluso dentro de la agricultura biológica, debemos recordar algo muy importante: la dosis también hace el efecto.

Y eso aplica tanto para productos químicos como para microorganismos.

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Además, todavía no comprendemos completamente si la aplicación repetitiva de ciertas especies puede terminar afectando también microorganismos benéficos, insectos útiles o relaciones biológicas importantes dentro del suelo. Muchas veces pensamos solamente en el organismo que queremos controlar, pero olvidamos que en la naturaleza casi todo está conectado.

No siempre más microorganismos significa más salud.

Tal vez el verdadero objetivo no debería ser inundar el suelo con millones de organismos externos, sino recuperar las condiciones naturales de ese suelo para que él mismo reconstruya su equilibrio biológico.

Por eso considero importante trabajar también los microorganismos nativos reproducidos desde el mismo territorio, porque ellos ya están adaptados a ese suelo, a ese clima y a las condiciones biológicas propias de cada lugar. Probablemente allí exista una mayor armonía ecológica que todavía no hemos aprendido a valorar completamente.

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Y allí es donde cobra importancia el trabajo que propone la agroecología.

Porque un suelo sano no depende únicamente de inocular microorganismos. También depende de un drenaje adecuado, materia orgánica estable, equilibrio mineral, cobertura vegetal, biodiversidad, agua limpia, raíces sanas y nutrición correcta de la planta.

En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.
En Santander, la transición hacia prácticas regenerativas abre un debate bioético sobre nuestro derecho a alterar ecosistemas que aún no conocemos completamente.

Aquí vale la pena recordar las reflexiones de Francis Chaboussou y su teoría de la trofobiosis, que relaciona el equilibrio nutricional de las plantas con la aparición de plagas y enfermedades. Según esta visión, una planta desequilibrada nutricionalmente se vuelve más susceptible a insectos y patógenos.

Es decir, muchas veces el problema no es solamente el insecto o el hongo, sino el estado biológico y nutricional del ecosistema donde está creciendo la planta.

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Por eso siento que la verdadera regeneración del suelo no consiste únicamente en aplicar productos biológicos. También implica aprender nuevamente a observar la naturaleza, entender los ciclos, recuperar minerales, proteger la biodiversidad y fortalecer la vida propia del territorio.

Tal vez allí está la diferencia entre intervenir la naturaleza y acompañarla.

Porque quizás el futuro de la agricultura sostenible no consista en imponer organismos a los ecosistemas, sino en aprender nuevamente a trabajar junto a la inteligencia biológica que la naturaleza ha construido durante millones y millones de años.

Y quizá la pregunta más importante que deberíamos hacernos como agricultores sea esta:

¿Estamos regenerando vida en el suelo o estamos diseñando artificialmente la biología del suelo?

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz: ‘El Campo en Tacones’

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