Según datos de la ONU, hay más de 10.000 colombianos que han sido reclutados para combatir en conflictos armados en Europa, África, Oriente Medio, o bien para actuar en redes criminales en América Latina. Nadie sabe a cabalidad cuántos han sido reclutados como voluntarios, cuántos como contratistas (disfraz de los mercenarios). Pero se sabe que esa cifra va en aumento y que es un nuevo y difícil reto para las autoridades nacionales, las que como suele ocurrir, cual avestruces, meten la cabeza en la arena hasta que el hecho social es ya un inmenso tumor maligno sin solución posible.
Se ha identificado a colombianos combatiendo en la guerra de Ucrania, en República Democrática del Congo, en Sudán, en Yemen. Hay connacionales en actos del crimen organizado en México y Brasil, otros en servicios de seguridad en Ecuador, Perú, Haití y otros países iberoamericanos.
¿Causas? La demanda internacional para este tipo de personal ha crecido por las tensiones geopolíticas que vive el planeta, los incentivos económicos atraen pues la oferta de sueldos está entre los 2.000 y los 6.000 dólares mensuales (de 7 a 22 millones de pesos), el hecho de que Colombia tiene una amplia población con formación militar ya por haber sido exintegrantes de la Fuerza Pública, o excombatientes de grupos ilegales, para los que hay pocas oportunidades laborales formales, etc. La mayoría son hombres, incluidos miembros de comunidades indígenas. Muchos son contactados a través de plataformas digitales como Facebook, Instagram, Tik Tok, WhatsApp.

¿Por qué se van? A muchos les atrae la adrenalina del combate, la pasión por las armas, otros lo hacen con la ilusión de lograr una casa propia, educar sus hijos y el ser desempleados en Colombia. Su futuro, desgraciadamente, es el ser fantasmas, cortejar diariamente la muerte en un lugar lejano y desconocido, en guerras ajenas. Enese oscuro mercado hay reclutamiento engañoso, falsas promesas, explotación laboral, contratos laborales poco claros en idiomas desconocidos para nuestra gente, grises redes de reclutamiento, crimen organizado transnacional, muchos riesgos y laberintos sin salida.
¿Consecuencias? Miles de familias víctimas de la incertidumbre, ignorantes de la suerte de sus familiares, cientos de compatriotas han muerto en conflictos armados de países extranjeros, otros están desaparecidos, es difícil repatriar cadáveres, etc.
¿Qué sigue en ese drama? Mujeres que hacen inmensos esfuerzos económicos para buscar los cadáveres de sus esposos, hermanos, hijos, ilusionadas vanamente con una indemnización que se queda en las fauces de la burocracia bélica y deben volver a Colombia con las manos vacías, sin los restos mortuorios de sus seres queridos, sin la prometida indemnización económica, huérfanas de cariño, sin futuro.











