Hagamos un balance del conflicto entre EE. UU. e Irán en lo corrido de este año. Trump impuso una política de “máxima presión” sobre Teherán, enemigo público de Washington desde hace décadas. Muchos creyeron que esta estrategia daría resultados prontos, máxime el descontento de la población iraní con su régimen, pues este no representa el querer de las mayorías debido a un intrincado sistema político que garantiza el control de una minoría hiperreligiosa. La represión del régimen detonó protestas masivas a inicios de año que ilusionaron a los detractores del régimen.
Sin embargo, la alianza entre EE. UU. y el cuestionado gobierno de Israel —acusado de genocidio en Gaza y el Líbano— destruyó cualquier esperanza democrática. Dicha coalición inició una costosa campaña de bombardeos contra la infraestructura militar y nuclear iraní que descabezó al régimen teocrático al provocar la muerte del Líder Supremo, Alí Jamenei, y del negociador Alí Larijani.
Irán respondió de forma asimétrica pero efectiva: bloqueó el crucial Estrecho de Ormuz, generó alarma regional con bombardeos constantes de sus drones económicos y arrastró a Hezbolá a una presión armada paralela en el Líbano. Esta réplica desestabilizó una zona vital para la economía global. El cierre de Ormuz disparó el precio del petróleo y alteró el suministro del que depende Occidente. Paradójicamente, esto dio un espaldarazo a China, que aprovechó el aislamiento de Irán y Rusia para comprarles crudo a precios mínimos. ¿Y quién paga el armamento y la inflación energética? El consumidor corriente occidental.
¿Logró EE. UU. sus objetivos? Ninguno. No tumbó al gobierno iraní; al contrario, radicalizó sus nuevas jerarquías. Tampoco ayudó a los manifestantes civiles. Las protestas se apagaron, ya sea porque fueron liquidadas por el régimen o porque los ciudadanos prefieren cerrar filas en torno a su patria atacada antes que alinearse con Washington e Israel. Los bombardeos sepultaron la opción de que el propio pueblo iraní cambiase de régimen.
Por ello, EE. UU. tuvo que virar hacia la diplomacia mediante los buenos oficios de Pakistán. No obstante, las treguas e inestables acuerdos parciales naufragaron constantemente por los ultimátums de Trump en redes sociales —ante un Irán que se siente vencedor y exige como tal— o por el propio Israel. Cada vez que se avizoraba un pacto, Israel atacaba a Irán para forzar su reacción y dinamitar lo negociado. El gobierno israelí necesita mantener vivo el conflicto para asegurar su continuidad en el poder (pues así le da gusto a la extrema derecha de la coalición gobernante y arroja una cortina de humo sobre los escándalos de corrupción que lo aquejan) y desviar la atención internacional sobre la tragedia en Gaza. Justo esta semana EE. UU. volvió a reanudar los ataques sobre Irán.
EE. UU. se dejó arrastrar a esta guerra para defender intereses ajenos, creyendo erróneamente que su superioridad militar y las manifestaciones ciudadanas facilitarían un triunfo rápido. Hoy no sabe cómo salir del laberinto. Su única salida es otorgar amplias concesiones —como levantar las sanciones previas—, lo que supondría una derrota política mayúscula para Trump. Pero prolongar el conflicto asfixiará la economía y profundizará el desencanto de su ciudadanía y de sus propias Fuerzas Armadas. Por donde se mire, Trump está acorralado.
Este conflicto deja lecciones claras: la fuerza bruta no siempre basta y la diplomacia no se puede gestionar mediante redes sociales. Hacerlo solo destruye la predictibilidad internacional y condena a las regiones a un ciclo perpetuo de treguas colapsadas.











