Hoy en día, la guerra en Ucrania se encuentra en una fase de profundo “desgaste estratégico” y “estancamiento dinámico”, donde ninguno de los dos bandos logra dar un vuelco definitivo al frente. Rusia mantiene bajo su control cerca del 18 % del territorio ucraniano y concentra sus ofensivas en la región del Donbás, valiéndose de su superioridad numérica y de letales oleadas de misiles balísticos que han expuesto los límites de la defensa aérea de Kiev. Sin embargo, Moscú no logra avances importantes a pesar del enorme coste humano y económico que implica cada metro cuadrado ganado. Pese al mutismo del Kremlin, estimaciones de inteligencia occidental (como las del CSIS) calculan que Rusia ha sufrido aproximadamente 1,4 millones de bajas totales entre muertos, heridos, desaparecidos y prisioneros. Actualmente, el ritmo de pérdidas rusas supera los 30.000 soldados al mes, una sangría que no se traduce en ganancias territoriales significativas.
Por su parte, Ucrania, respaldada por el armamento occidental, sostiene una resistencia feroz que, a modo de un muro, ha detenido la invasión rusa, aunque el país no está en condiciones de efectuar una contraofensiva que le permita recuperar el territorio perdido. Kiev recurre de forma masiva al uso de drones avanzados y baratos, realizando incursiones estratégicas sobre la infraestructura económica rusa para contrarrestar la presión, aunque sufre ya la evidente fatiga de sus tropas tras más de cuatro años y medio de hostilidades continuas.
El balance humanitario y geopolítico es devastador. La crisis demográfica e infantil en Ucrania es crítica, con millones de desplazados. En el plano internacional, la contienda ha consolidado una profunda fractura global: mientras la OTAN y la Unión Europea debaten la velocidad de sus paquetes de asistencia y Estados Unidos matiza sus apoyos (lo que favorece al Kremlin), Moscú ha adaptado su economía al plano militar y ha fortalecido su eje de cooperación con potencias aliadas como China, Irán y Corea del Norte. En este momento, no hay ninguna vía diplomática abierta; las exigencias de cada parte son inaceptables para la otra y ambos Estados han elaborado un discurso que identifica el conflicto como una lucha por su propia supervivencia, lo que ha radicalizado las postura.
Ahora bien, Rusia es la que más ha perdido. Ha dilapidado su credibilidad internacional como potencia política y militar, abriendo un espacio que Pekín está sabiendo ocupar. Sus costos, tanto humanos como económicos, están por las nubes y no justifican lo ganado en el terreno. Si bien su economía funciona hoy gracias a la maquinaria bélica, el riesgo de un colapso postguerra es inminente. Justo aquí radica el punto crítico: Vladímir Putin es consciente de que no podrá ganar, pero reconocer que no logró sus objetivos iniciales y echar marcha atrás significaría el fin de su imperio político. Una vez cese el fuego, su régimen se verá sometido al juicio de una economía en crisis y de una nación desangrada y consciente de su aislamiento internacional. Por ello, una salida negociada a corto plazo parece improbable. ¿Y quién ha ganado con todo esto? Muchos actores se favorecen de la coyuntura, pero hay uno que no se puede perder de vista: China, que una vez más ha sabido jugar sus cartas para mejorar sus posiciones estratégicas.
Pdta. Sugiero la lectura de mi columna, “¿Quién está ganando en la guerra de Ucrania?”, publicada en este mismo periódico el 08 de febrero de 2026, p. 23.












