Publicado por: Andrés Mejía
Espero con todo el corazón que, al momento de publicarse esta columna, ya haya sido levantada la "operación tortuga" de los controladores aéreos. Espero, además, que la resolución de ese conflicto tenga como efecto un mejoramiento del sistema de control de tráfico aéreo en Colombia.
Dicho mejoramiento, a mi modo de ver, implica aceptar buena parte de las peticiones de los controladores. Sólo lamento que hayan elegido para su lucha un mecanismo tan lesivo para la vida ciudadana, y que hayan persistido tanto tiempo en éste. Pero presiento que serán ellos quienes más lo lamentarán.
El control del tráfico aéreo es una de las actividades más difíciles que hay en el mundo moderno. Además de virtudes que no cualquiera tiene, como una capacidad fenomenal de concentración y de manejo simultáneo de situaciones, presume conocimientos técnicos en materia de aeronáutica, geografía, y metereología; para no hablar de un dominio del inglés que debe ser casi infalible.
Es además una labor extenuante, cuyo ejercicio eficaz requiere que la mente y el cuerpo tengan el suficiente reposo. Un error lo comete cualquier persona cansada y agotada; más aún si está sometida a tan alta tensión. Pero en control de tráfico aéreo el error puede fácilmente tornarse catástrofe.
Por ello, creo que es justo empezar con un reconocimiento de los reclamos presentados por los controladores. Nuestras vidas están en sus manos: deben disfrutar del debido descanso; su labor debe ser bien remunerada y debe disponerse del personal suficiente.
Lo anterior no significa que deje de hacerme una pregunta: ¿no podrían haber encontrado un medio diferente para hacer su reclamo? El mundo actual está lleno de experiencias creativas de protesta y resistencia. No entiendo por qué tenían que recurrir a las odiosas maneras del viejo sindicalismo público, consistentes en afectar a la gente tanto como se pueda, y de ese modo ejercer presión sobre las autoridades.
Como ya puede verse, tal estrategia sólo conduce a un resultado: el rechazo de la opinión pública. Ya la gente ha sufrido tanto por esto, que la justicia de las peticiones ha pasado a segundo plano: la opinión pública, que es una de las fuerzas más poderosas del mundo actual, está cada vez más irritada con los controladores. Si ellos, desde el principio, se hubiesen propuesto la meta de ganarse a la opinión pública, el éxito de su protesta habría estado asegurado.










