Desde su inicio, en 1989, la organización Cabildo Verde ha logrado sobrevivir el conflicto armado en el Magdalena Medio santandereano enfocado en la conservación del medio ambiente. No siempre fue sencillo. Sus fundadores cuentan cuál fue la clave para resistir.

Publicado por: JULIÁN AMOROCHO BECERRA
Lo único que sentían era la vibración de las ruedas del carro contra el asfalto quebrado y la sensación de estar dando vueltas por las mismas calles. Con los ojos vendados, era imposible saber si aún estaban en Sabana de Torres o ya se había dejado el pueblo atrás y aguzaban los oídos esperando que algún ruido diese una pista. Lo único que daba vueltas por la cabeza era la cita inevitable con el Eln, jueces y verdugos en toda la región.
Corrían los primeros años de los 90 y en este pequeño poblado del Magdalena Medio, hablar del medio ambiente y la conservación era como gritar en medio del bosque: ni eco habría. Con la guerrilla controlando la zona y con el conflicto en Colombia en una de sus etapas más críticas, la gente estaba más preocupada por vivir un día más que por lo que pudiera pasar con sus recursos naturales.
Tal vez en esto pensaban Ramiro Ortiz Correa y Enrique Flórez Ortiz cuando recibieron la orden de presentarse ante esa guerrilla para explicarle por qué se habían “perpetuado” al frente del Cabildo Verde, una organización civil con apoyo del Estado creada para cuidar los recursos naturales en la zona, que ya llevaba un buen tiempo estancado.

Era una escena común en esos años. Llegaba a la casa un sábado por la noche una nota con la cita, a tal hora, en tal esquina. No había más remedio que ir y someterse a un paseo en carro con los ojos vendados.
En esta década, Sabana de Torres, así como toda la provincia de Mares (que incluye a Barrancabermeja, Carmen de Chucuri, Betulia, Puerto Wilches, San Vicente del Chucurí y Zapatoca), fue escenario de la pugna entre las guerrillas del Eln, las Farc y el M19, que tenían fuerte asiento histórico, además de los grupos paramilitares que surgieron.
Así lo consigna el informe ‘Nuevos Escenarios de Conflicto Armado y Violencia’, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Según este documento, Sabana de Torres fue durante los 80 y hasta los dos primeros años de los 90, la zona más fuerte del Eln en el país.
Las claves para seguir adelante
Cuando estuvieron Ortiz Correa y Flórez Ortiz frente a frente con el comandante guerrillero, la respuesta era elemental: era imposible reunir más de cinco o seis personas para poner a andar la organización porque había mucho miedo y nadie se quería meter con nada.
“La respuesta de ellos fue ‘convoquen y nosotros le ponemos la gente”, recuerda Ortiz Correa.
Así pues, en la siguiente asamblea llegó la gente prometida a revivir el Cabildo Verde, que había nacido en febrero del 89, pero llevaba unos cuantos años estancado por la violencia.

Según la orden del Ministerio de Ambiente, en todo el país se crearían estos Cabildos para velar por el medio ambiente una vez se liquidara el Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente (Inderena). Hoy solo sobreviven un par de estos espacios en Colombia.
Amoldarse y no involucrarse: esas son las dos claves que se han usado por 27 años para salir adelante de un encuentro con un actor armado. Amoldarse al hecho de convivir con los violentos y no involucrarse, dejando claro que el objetivo del Cabildo es netamente ambiental.
“A usted, sea policía o bandido, le tiene que importar si se seca el bosque que produce el agua que se toma”, asegura James Murillo, un sabanero quien funge hoy como director de la ONG. Ese argumento es el que les permitió continuar con sus labores, aún cuando guerrilleros y paramilitares merodeaban la reserva. “Es muy difícil que se metan con uno cuando uno protege algo que es de todos”.
“Eso que hicieron fue muy verraco”, sostiene Néstor Jerez, veterano periodista quien para esa época cubría para televisión esta región. Según sostiene, la afectación de paramilitares y guerrilleros era un fenómeno que el único que no lo veía era el Estado.

En el periodo de vida del Cabildo, Sabana de Torres tuvo varios cambios de victimarios. El Frente ‘Manuel Gustavo Chacón’ del Eln y el Frente 20 de las Farc reinaron hasta el 95, cuando fueron expulsados definitivamente por los paramilitares.
Desde esa época gobernaron las Autodefensas Campesinas de Santander y Sur del Cesar (Ausac) desde San Rafael de Lebrija, comandados por Camilo Morantes, un tipo a quien todos temían en la región.
“El conflicto escaló y tuvo su punto máximo en el 98, cuando los ‘paras’ eliminaron a todos los dirigentes de Sabana de Torres”, sostiene Jérez.
Mientras revuelve sus recuerdos, sentado en la inmensa selva donde hoy queda la reserva natural del Cabildo, Flórez Ortiz, otro sabanero por adopción cuya cuna está en Concepción, Santander, reflexiona: “¿Qué pasó aquí? ¿Cómo no nos pasó nada con tanta violencia alrededor? No sé, pero uno no se puede aislar del mundo. Hay que vivir dentro de lo que hay y tratar de andar por el camino más recto, pero no hay fórmula mágica para eso”.

A la luz de lo ocurrido, ambos personajes no se ruborizan en admitir que si no hubiera sido por el Eln, el Cabildo Verde probablemente no hubiera sobrevivido.
El hogar del jaguar, en reducción
En la mitad del espeso follaje húmedo, propio de la selva de dicha zona, el jaguar mira fijamente al visitante. El ojo humano se esfuerza pero no lo halla y sin darse cuenta, el animal está a menos de dos metros listo para clavar sus fauces en el cuello.
Aunque tiene espacio suficiente para acechar, en realidad no hay peligro para quien observa al felino, que vive en un hábitat de más de 50 metros cuadrados en el Cabildo Verde.

El recorte constante del hábitat de este felino le ha dado más valor a la creación y sostenimiento de los espacios de conservación como el que existe en Sabana, que cuenta con 200 hectáreas de bosque protegido y alberga felinos, primates, reptiles y aves.
Dicho fenómeno es una consecuencia de la ampliación de la frontera agrícola, especialmente de palma, consideró Gerson Peña, biólogo del Área Metropolitana de Bucaramanga, AMB, autoridad ambiental de la capital santandereana. En su concepto, “estos cultivos degradan los bosques”.
Esto ha llevado a grandes carnívoros, como el jaguar y el puma, a entrar cada vez más en contacto con los poblados. “Estos felinos son muy territoriales y necesitan mucho espacio, por eso se han dado más a menudo contactos con el humano”.
“Cuando insistimos en comprar la finca que hoy es una reserva importante en el país, no pensábamos en alcances. Se inició porque afecta los acueductos de Sabana de Torres y existe la necesidad de proteger el agua”, recuerda Enrique Flórez. “Luego empezamos a liberar animales, pero sin ningún conocimiento, ni técnica”, agrega.

Edersson Cabrera, coordinador del Sistema de Monitoreo de Bosques del Ideam, sostiene que la fragmentación de ecosistemas es un peligro. Mirando los mapas de deforestación en Santander, se han creado parches de bosques aislados, lo que provoca que distintas especies de fauna tengan que entrar en contacto con los humanos y exponerse al no poder realizar sus recorridos naturales.
“Cuando se rompen las conexiones, ponemos una barrera entre las especies. Eso es clave y crítico en Santander, porque antes teníamos conexión por áreas de bosque andino y páramos”, asegura el experto.
‘La paz es la búsqueda del bien común’
“Uno revisa la historia y ve que la historia de la humanidad tiene picos y no ha sido plana. Ha habido etapas tranquilas y otras que son difíciles, que son de mayor exigencia”, reflexiona el profesor Ramiro Ortiz, sentado en una banca a pocos metros del hábitat del jaguar, que no le quita los ojos de encima.
Según su consideración, un efecto colateral de la violencia son las iniciativas que “las etapas de mayor necesidad de crecimiento en el mundo son las difíciles. Este es un momento histórico donde el Estado debe armarse con proyectos para que la sociedad cambie, si no, volverán a aparecer actores armados”.
Ad portas de cumplir dos décadas al frente de la organización, Murillo reconoce que las claves de la supervivencia del ente se basan en que la comunidad se ha apropiado de su misión y que esta trasciende los límites del conflicto.

En palabras más simples: “Lo que hacemos aquí nos toca a todos. Sea usted ‘paraco’ o ‘guerrillo’, el interés de conservar los recursos naturales debe ser el mismo. Es una cuestión apolítica”, resume Murillo, en su hablar veloz, propio de la gente de esta parte del departamento.
Recuerda que en algunas situaciones tensas con los paramilitares, que se adueñaron de la zona después de sacar al Eln, zanjó la discusión recordando que “todo esto no es mío, yo no estoy peleando por algo mío. Yo no le discuto al que saca madera ilegal porque me afecte, sino porque nos afecta a todos. Es lo mismo con la minería, con la cacería”.
Sin embargo, aunque estamos en épocas relativamente calmadas, confiesa su frustración de pensar en que las áreas vastas de conservación, como las que tienen en Sabana, cada vez tienen más valor comercial y estratégico y menos ecológico.
“El tema ambiental sigue siendo plato de segunda mesa en la discusión”, concluye, recordando que “la naturaleza sola no puede. Por eso tenemos que cambiar nuestra percepción para lograr un desarrollo sostenible”.
Mucho ha cambiado en 27 años en el Magdalena, hay menos conflicto, pero también menos bosques. Hay más protección a los animales y las platas, pero también más infraestructura que les arrebata sus hogares.
En esto tiene la última palabra Enrique Flórez, quien en su sentado como papá pitufo en un tronco aserrado, en la mitad del húmedo bosque que compone el Cabildo, asevera casi resignado: “Pareciera que entre más esfuerzos hacemos y más superamos obstáculos, nos hace falta siempre el cuarto para el peso”.















