Las masas humanas son románticas, sentimentales generosas y soñadoras. Y también son milagreras porque creen en acontecimientos súbitos u hombres providenciales que, desafiando las leyes naturales del obrar, resuelvan de la noche a la mañana sus problemas. Con esos criterios hemos juzgado los 100 días de gobierno del Presidente Duque, reflejados en el fenomenal descuelgue de aceptación en las encuestas. Porque también son volubles como sus emociones. Pero un análisis sereno lleva a reconocer que avanza por buen camino y ha logrado importantes realizaciones.Se ha comportado con ecuanimidad cambiando el estado de confrontación político y hasta humano en que estábamos sumidos cuando las discusiones políticas enfrentaban hasta amigos y familiares.Se dirá que Duque ha amainado en la lucha contra la corrupción. Falso. Este ha sido el mayor de sus éxitos. En efecto la corrupción no se enfrenta sólo con palabras o referendos, sino principalmente con hechos. En tal lucha “se ha camino al andar”. Reglamentaciones las hay hasta de sobra como lo ha ilustrado el exfiscal Alfonso Gómez Méndez. Lo que falta es autoridad y voluntad política para aplicarlas.Si persevera en su línea, Duque pasará a la historia como un gran reformador y luchador contra la corrupción, por el solo hecho de haber desterrado la mermelada y el chantajismo de las relaciones entre el Legislativo y el Ejecutivo, que han sido una de las fuentes principales de la corrupción de todo el aparato del Estado y del deterioro de la democracia en nuestro pais. Y ojalá acabemos con el escabroso connubio entre el Legislativo y el Judicial. Tales realizaciones son más efectivas para sanear nuestra democracia que toda la alharaca anticorrupción de Claudia López y su combo.También Duque ha cometido sus errores, como el querer aplicar soluciones, tal vez teóricamente correctas pero políticamente inaceptables al déficit como el IVA a la canasta familiar, y haber sostenido a un Ministro, untado con el affaire de los bonos de agua. Y no ha corrido con suerte al tener hasta ahora a su partido en la oposición y las calles alborotadas por el romanticismo generoso, soñador y milagrero de los jóvenes universitarios.