Martes 10 de Abril de 2018 - 02:58 PM

Cinco décadas de primavera en la Plaza de mercado Guarín

Oliva Sanabria y Amparo Esparza llevan más de 50 años vendiendo flores a la entrada de la Plaza Guarín. Ahora, un proyecto de recuperación del espacio público que adelanta la Alcaldía de Bucaramanga pone en riesgo sus negocios y el futuro de sus familias.
Fabián Hernández/ VANGUARDIA LIBERAL
Cinco décadas de primavera en la Plaza de mercado Guarín
(Foto: Fabián Hernández/ VANGUARDIA LIBERAL )

A las 6:00 a.m. las puertas de la Plaza de mercado Guarín se abren dando pie a los visitantes que se acercan al lugar con los primeros rayos de luz y pasos apresurados para conseguir los mejores productos, tomarse un caldo de pichón recién bajado de los fogones o quedarse con las frutas y verduras más frescas que diariamente ofrecen los comerciantes.

Es así como hombres y mujeres de todas las edades que le madrugan a la tarea, llevan consigo canastos, babuchas, sombreros y uno que otro truco bajo la manga para ‘regatear’ los precios cuando las cuentas no dan y el presupuesto no alcanza.

Para algunos, la experiencia de ingresar a la ‘Plaza Guarín’, como es conocida popularmente, es similar a hacer un viaje en el tiempo.

Su estructura fue construida en 1958 y luego de 60 años sigue siendo una de las más concurridas y emblemáticas de la ciudad. Sin embargo, los años le pasan la cuenta de cobro que se hace evidente en el deterioro de sus paredes y en algunos daños en los techos, baldosas, rejas y el sistema de iluminación.

Pese a ello, allí se ocultan cientos de historias.

‘A la orden las flores’

Sobre el costado de la calle 32 con carrera 33 de la parte alta de la Plaza, los colores de cientos de flores se roban el protagonismo del lugar.

Las miradas de quienes pasan por allí se desvían ante la imagen de los girasoles, rosas, margaritas, tulipanes, cafeteritos, amapolas, agapantos, azucenas, estrellas de Belén, anturios, lirios y una gran variedad de plantas que parecen salir de una pared de ladrillos.

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Unos cuantos baldes llenos de agua, las tablas de madera que los sostienen y los cuidados de un grupo de mujeres que atienden estos negocios son la única protección que necesitan para no marchitarse mientras alguien llega en busca de ellas.

No obstante, los colores no son los únicos protagonistas en este punto de la Plaza Guarín.

Como en todas las demás, los olores no pasan desapercibidos pues al recorrer sus pasillos de un lado a otro, un despliegue de aromas que salen de los establecimientos de carnes, pescados, vísceras, venta de especias, restaurantes y puestos de frutas y verduras despiertan un sinnúmero de sensaciones en quienes los perciben.

Pero al llegar al punto de las flores, el panorama es diferente. Tal y como si fuese una tienda de perfumes, los aromas que desprenden las flores cautivan el olfato de los visitantes y tomar una bocanada profunda de aire se hace casi obligatorio.

Cada una tiene un olor particular que permite diferenciarlas fácilmente para aquellas que son expertas en el tema, pero en conjunto es casi imposible encontrar a la protagonista, todas lo son.

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Los sentidos se dejan engañar por los aromas que se toman los casi cuatro metros del pasillo que queda a la entrada de la Plaza. Eso lo tienen claro un par de mujeres que esperan sentadas en un butaco, en medio de las flores, la llegada de los clientes. Mientras tanto, sus manos quitan pétalos, cortan espinas, arrancan hojas secas y miman, como si fueran bebés, a sus plantas.

Hace dos semanas atrás fue el Día de la Mujer y aún les queda parte de la mercancía que mandaron a traer para conmemorar la fecha, una de las más esperadas del año.

Ellas son Oliva Sanabria y Amparo Esparza, las ‘señoras de las flores’.

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Llegaron allí a probar suerte en una mañana de 1965 con un par de ramos en la mano y unos cuantos pesos en el bolsillo para levantar sus negocios y conquistar a los clientes con un singular “a la orden las flores”. Desde entonces, el amor por lo que hacen y la admiración por cada una de sus florecitas son la motivación que las mantiene en pie todos los días.

Cuatro generaciones entre flores

Oliva Sanabria tiene los ojos oscuros y la sonrisa cálida. Sobre la espalda carga el peso de sus 82 años de vida y aún con los pasos lentos y las pocas fuerzas que le quedan, sigue siendo la que manda en el negocio. Recuerda que sus primeras ventas las logró gracias a la belleza de las hortensias y los musgos que conseguía cerca a su casa.

- “Yo le debo todo a las flores. Por ellas es que pude sacar adelante a mis hijos y ahora a mis nietos y bisnietos”, dice la mujer mientras acaricia los pétalos de un girasol.

Pero Doña Olivia no trabaja sola. Ocho de sus hijas que desde muy corta edad la visitaban en el negocio le hacen compañía y se encargan de las ventas, especialmente cuando los achaques hacen de las suyas y le impiden trabajar.

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-“Yo cuidé de ellas y ahora ellas cuidan de mí. Pero mire usted, ya no podemos trabajar por culpa de esas obras que nos están acabando con el negocio. Ya los clientes no vienen”, relata en voz baja a la vez que señala el toldo verde que encierra el perímetro en el que trabajan los obreros sobre esa misma cuadra, justo donde exhibía sus flores desde hace 53 años.

Ya no puede hacerlo. Pero ella no es la única afectada.

Amparo Esparza, de sonrisa amplia y camisa que hace juego con las rosas que le acaban de llegar desde Bogotá, se ubica al lado derecho de la entrada. Allí aún no han iniciado las obras pero sus ventas disminuyeron desde hace días y los pocos clientes que se acercan no llevan sus flores.

Están cubiertas de polvo y ella, con la paciencia de sus 64 años, las limpia y cuida con cariño, las atiende y es agradecida pues le ayudaron a sacar adelante a sus tres hijos.

Hace malabares para llamar la atención de los transeúntes y ruega que no vayan a cerrar la parte donde está su negocio.

- “Si me cierran voy a perder toda la mercancía. Cuando la gente ve las flores afuera se enamora de los colores, de sus formas y las llevan. Adentro, nadie nos va a comprar”.

Aunque ambas mujeres tienen sus locales dentro de la Plaza, las condiciones de estos no son las mejores.

Hay problemas de iluminación, goteras y el calor seca sus plantas. Por eso, sacan la mercancía sin invadir el espacio público pues están bajo el corredor de la misma Plaza.

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Si bien comprenden que las obras se desarrollan para mejorar la imagen del lugar, esperan ser reubicadas mientras el proyecto es finalizado. Irse de manera definitiva no es una opción para ninguna, y menos porque ellas, ‘las señoras de las flores’, son las que llevaron la primavera a la Plaza Guarín desde hace cinco décadas.

El proyecto 

Según el jefe de gobernanza de la Alcaldía de Bucaramanga, Manuel Francisco Azuero, el proyecto de la Plaza de mercado Guarín se desarrolla con el fin de recuperar el espacio público, puesto que “ha sido invadido de manera irregular por vendedores ambulantes y por trasportadores ‘piratas’”.

Además, aseguró que las obras de mejoramiento incluyen arreglo de los andenes, el sistema eléctrico del lugar y la construcción de un parque en la parte norte, así como el cambio de la fachada.

“Es una inversión que supera los $2 mil millones y esperamos que esté finalizada en tres o cuatro meses teniendo en cuenta las dificultades del lugar”.

*Fotografías: Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL

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