Cuando un santandereano escucha “Papi Quiero Piña”, no piensa solo en una venta de frutas; también evoca una caseta, en un viaje, en alguien que esperaba allí, en una familia que durante décadas hizo de ese punto su lugar de trabajo y en un hombre que consiguió que una sencilla venta de piña terminara convertida en una de las referencias más recordadas del área metropolitana.

Papi Quiero Piña, aquel reconocido punto de referencia ubicado en la entrada de Floridablanca, sobre la autopista, fue durante décadas mucho más que una caseta donde se vendían piñas. Para miles de personas fue lugar de encuentro, señal de llegada o sitio de despedida; un paradero que quedó ligado a los viajes, a las familias y a la memoria de varias generaciones.
Para muchos santandereanos todavía es el aviso de que ya se está llegando o el lugar exacto donde alguien debe bajarse para ser recogido rumbo a casa. Su nombre, curioso, sonoro y fácil de recordar, terminó convirtiéndose en una dirección sin calles, carreras ni nomenclaturas; una especie de GPS construido a fuerza de costumbre y memoria.

Detrás de esas tres palabras hay una historia de poco más de cinco décadas, una familia de once hijos y, sobre todo, la vida de un hombre que encontró en la venta de piñas la manera de sostener a los suyos.

Ese hombre fue Gustavo Pinilla Díaz, campesino nacido en San Vicente de Chucurí y criado en Zapatoca, dos lugares que marcaron su manera de entender la vida. En ese mundo conoció a Mariela Orejarena, quien se convertiría en su compañera durante más de seis décadas de matrimonio.

La responsabilidad de sostener una familia tan numerosa lo llevó a salir de su tierra. En esa búsqueda llegó a Lebrija, municipio reconocido por su producción de piña, y fue allí, en 1973, donde decidió probar suerte con un negocio que entonces parecía pequeño y sin mayores pretensiones. No tenía un local amplio ni infraestructura sofisticada: apenas una mesa, una sombrilla y algunas piñas dispuestas para la venta.

“Con una piña en el suelo en la autopista inicié yo mi negocio”, contaba don Gustavo al recordar aquellos comienzos, cuando el pequeño puesto empezó a crecer en medio del tránsito de viajeros que recorrían la vía entre Floridablanca y Piedecuesta.
Con el paso de los meses llegaron más piñas, más clientes y más viajeros, y aquel potrero de tierra comenzó a convertirse en una parada habitual. Todavía faltaba, sin embargo, el nombre que acompañaría aquella historia durante las siguientes décadas.
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Según recuerdan quienes conocieron los comienzos, por allá en 1976 un niño llegó al puesto acompañado de su padre. Al ver las piñas que estaban a la venta, miró la mercancía y dijo: “Papi, quiero piña”.
Aquella expresión espontánea llamó la atención de Gustavo y su familia, pero también quedó en la memoria de los clientes. Con el tiempo, la frase comenzó a identificar el lugar hasta convertirse en una referencia cotidiana para los viajeros. No fue un nombre impuesto desde un escritorio ni escogido después de estudiar posibilidades comerciales: fueron los propios consumidores quienes terminaron bautizando el sitio. Posteriormente, el negocio fue registrado ante la Cámara de Comercio con ese nombre, que dejó de identificar solamente una venta de frutas para convertirse en una referencia geográfica del área metropolitana.
Allí transcurrieron jornadas enteras atendiendo a viajeros que se detenían a comprar una piña, descansar o simplemente cumplir con aquella parada que ya hacía parte del recorrido.
Con el crecimiento de Bucaramanga y su área metropolitana, la carretera también comenzó a transformarse. El lugar que durante tantos años había sido una sencilla parada de viajeros quedó en medio de los proyectos de infraestructura destinados a modernizar la movilidad de la zona. Llegó entonces el momento de construir el intercambiador y, con él, una preocupación que marcaría los últimos años del negocio.

Según lo que se les había planteado, la caseta sería modernizada junto con la obra, de manera que Papi Quiero Piña pudiera continuar funcionando después de la transformación de la zona. Gustavo no se opuso al proyecto. Entendía que la ciudad y sus vías tenían que avanzar, pero esperaba que también se respetara el lugar que durante tantos años había sido su sustento. Según contó la familia, pidió una reubicación mientras se adelantaban las obras y, una vez terminadas, un nuevo espacio donde pudiera volver a instalar su negocio.
Con esa expectativa aceptó el cambio y esperó que el proyecto cumpliera lo que se le había prometido. La obra avanzó y el paisaje cambió por completo. El intercambiador se construyó, pero el espacio que Gustavo esperaba para reinstalar Papi Quiero Piña nunca llegó a materializarse. Él moriría en 2021; cuentan que deprimido por lo que sucedió.
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La caseta desapareció y, con ella, una parte de aquella escena cotidiana que durante décadas había acompañado a los viajeros. El nombre continuó siendo conocido, pero el lugar físico que le había dado sentido comenzó a formar parte del pasado. Gustavo no alcanzó a ver nuevamente aquel negocio instalado en el lugar que esperaba. El 19 de enero de 2021 murió, después de una vida marcada por el trabajo y por la responsabilidad de haber sostenido a su familia durante tantos años.

La pandemia hizo todavía más difícil aquella última etapa. Sus hijos han contado que el encierro, las complicaciones de salud y la pérdida del negocio que había sido el centro de su vida durante casi cinco décadas fueron golpes especialmente duros para él. En medio de aquellas circunstancias terminó la vida del hombre que había convertido una mesa, una sombrilla y unas piñas en una historia que trascendió a su propia familia.
Antes de su muerte, cuando todavía existía buena parte de aquel entorno que los santandereanos identificaban como Papi Quiero Piña, las autoridades de Floridablanca reconocieron su trayectoria con la Orden José Elías Puyana. Fue un homenaje a un hombre que, desde un pequeño negocio familiar, llegó a convertirse en un personaje conocido por varias generaciones y en parte de la identidad cotidiana de quienes transitaban por la entrada al municipio y la vía hacia Piedecuesta.

Hoy, donde alguna vez estuvo la pequeña caseta, el paisaje es distinto. Las estructuras de concreto, los carriles y el movimiento permanente de vehículos recuerdan que la ciudad cambió y que las antiguas referencias físicas también terminan desapareciendo. Sin embargo, hay nombres que sobreviven a las obras porque ya no pertenecen solamente al lugar donde nacieron, sino a la memoria de quienes los pronunciaron durante años.
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Papi Quiero Piña es uno de ellos: una expresión que todavía permite ubicar un sector, evocar una carretera y recordar una época en la que detenerse a comprar una piña hacía parte del viaje. Porque algunos lugares desaparecen del paisaje, pero permanecen en la memoria de quienes alguna vez los convirtieron en punto de encuentro, de llegada o, simplemente, en parte de su camino.















