Floridablanca
Viernes 09 de octubre de 2026 - 07:06 AM

Jardín Botánico Eloy Valenzuela: la historia detrás de este paraíso natural

Algunos paraísos no están al otro lado del mundo: están muy cerca de nosotros esperando entre árboles, flores, mariposas y senderos. Y este, sin duda, es el Jardín Botánico Eloy Valenzuela, de la CDMB.

El Jardín Botánico Eloy Valenzuela, de la CDMB, es un pulmón verde. Allí florecen y se multiplican especies que cuentan parte de la historia natural de Santander. Es un deleite recorrer sus senderos en familia, respirar tranquilidad, disfrutar del paisaje y descubrir, a cada paso, nuevas razones para valorar y proteger nuestra tierra. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
El Jardín Botánico Eloy Valenzuela, de la CDMB, es un pulmón verde. Allí florecen y se multiplican especies que cuentan parte de la historia natural de Santander. Es un deleite recorrer sus senderos en familia, respirar tranquilidad, disfrutar del paisaje y descubrir, a cada paso, nuevas razones para valorar y proteger nuestra tierra. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

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Hace más de 40 años, alguien llegó hasta el llamado Pozo de los Deseos, lanzó una moneda a la fuente y pidió un sencillo, pero enorme sueño: que algún día existiera en el área metropolitana un paraíso natural, un lugar donde la gente pudiera encontrarse con los árboles, las flores, los animales, el agua y la vida misma. Quizás nadie imaginó entonces que aquella petición terminaría ‘echando raíces’. Hoy, al caminar entre senderos, pareciera que aquella moneda todavía brilla en el fondo del pozo y que el deseo, contra todo pronóstico, se cumplió.

El jardín que guarda la esencia natural de Santander. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
El jardín que guarda la esencia natural de Santander. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

El sueño tiene hoy un nombre y un territorio: Jardín Botánico Eloy Valenzuela. Son 7,5 hectáreas de naturaleza viva en Floridablanca, un refugio que parece haberse detenido a propósito en medio del movimiento cotidiano de la ciudad. Allí, donde el cemento cede espacio al verde, sobreviven y se multiplican especies que cuentan la historia natural de Santander.

Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un refugio de vida y biodiversidad. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un refugio de vida y biodiversidad. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

El Jardín se ha convertido en uno de esos lugares que no necesitan grandes artificios para sorprender: basta con caminar despacio y mirar.

El ayer

El Pozo de los Deseos del Jardín Botánico Eloy Valenzuela. (Archivo/VANGUARDIA)
El Pozo de los Deseos del Jardín Botánico Eloy Valenzuela. (Archivo/VANGUARDIA)

Su historia comenzó a tomar forma el 20 de enero de 1982, cuando fue fundado bajo la Ley 13, y posteriormente abrió sus puertas al público el 3 de agosto de 1990.

Detrás de aquellos primeros pasos estuvo Luis Arango Restrepo, quien encontró en la finca Paragüitas el escenario perfecto para desarrollar bosques nativos, reunir una valiosa colección de orquídeas y crear espacios destinados a exhibir la riqueza de la flora santandereana.

Lo que empezó como una iniciativa personal terminó convirtiéndose en un patrimonio natural que varias generaciones han podido recorrer, aprender y disfrutar.

Juan Eloy Valenzuela y Mantilla, el más grande botánico de Girón. (Archivo/ VANGUARDIA)
Juan Eloy Valenzuela y Mantilla, el más grande botánico de Girón. (Archivo/ VANGUARDIA)

El nombre del Jardín también guarda una historia. Es un homenaje a Juan Eloy Valenzuela y Mantilla, botánico natural de Girón, cuya memoria permanece ligada al conocimiento de la naturaleza de esta región.

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El Jardín fue, además, miembro fundador de la Red Nacional de Jardines Botánicos de Colombia y en el año 2000 fue legalizado ante el Ministerio del Medio Ambiente y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexánder Von Humboldt, en cumplimiento de lo establecido por la Ley 299 de 1996.

Jardín Botánico Eloy Valenzuela, la belleza natural que merece ser descubierta. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Jardín Botánico Eloy Valenzuela, la belleza natural que merece ser descubierta. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

Quien atraviesa sus senderos descubre que la belleza aquí no tiene una sola forma. Hay inmensos caracolíes que parecen guardar secretos de muchas décadas y, junto a ellos, delicados platanillos o heliconias que aportan color y movimiento al paisaje. Crecen orquídeas, palmas, musgos, helechos y numerosas especies propias del bosque húmedo. El Jardín reúne colecciones de flores, plantas ornamentales, frutales, medicinales, árboles frondosos y huertas campesinas, incluidas algunas especies amenazadas. La heliconia o platanillo es su planta insignia, mientras que sus colecciones comprenden, entre otras, 35 especies de frutales, 32 medicinales, 65 ornamentales, 45 clases de orquídeas, 60 tipos de árboles y 20 variedades asociadas a huertas campesinas. Cada rincón parece recordarle al visitante que la naturaleza siempre tiene algo nuevo por revelar.

Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un encuentro con la magia de la naturaleza. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un encuentro con la magia de la naturaleza. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

Y donde hay plantas, también hay vida que vuela, trepa, salta y se esconde. El corredor biológico asociado al Río Frío favorece la presencia de una fauna diversa que convierte cada recorrido en una pequeña aventura. Ardillas, morrocoyes, iguanas, camaleones, patos y numerosas aves hacen parte de este paisaje, mientras alrededor de 250 especies de mariposas aportan color al Jardín. Incluso se han observado armadillos y tinajos o lapas. Para un niño, encontrarse con una mariposa entre las flores puede ser un recuerdo imborrable; y para un adulto, escuchar el canto de un ave entre los árboles puede ser suficiente para recuperar, aunque sea por unos minutos, una tranquilidad que la vida cotidiana suele llevarse consigo.

Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un mundo verde por descubrir. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Jardín Botánico Eloy Valenzuela, un mundo verde por descubrir. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

Por eso visitar el Jardín Botánico Eloy Valenzuela es caminar sin afán, respirar distinto y permitir que el silencio de los árboles haga parte de la experiencia. Para muchas familias, especialmente para niños y jóvenes, es un paseo que permanece en la memoria.

En el Jardín, estudiantes y docentes encuentren un aula natural y aprendan, directamente entre las especies vivas, por qué cuidar la biodiversidad es una responsabilidad del presente. En sus espacios se encuentran además especies de plantas vivas y un herbario que conserva muestras botánicas secas de alrededor de 1.500 especies registradas.

Juan Carlos Reyes Nova, director general de la CDMB.
Juan Carlos Reyes Nova, director general de la CDMB.

Y todo este esfuerzo tiene un propósito que va mucho más allá de conservar un lugar bonito.

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Como explica Juan Carlos Reyes Nova, director general de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, CDMB, entidad que administra el Jardín, este espacio se mueve alrededor de tres grandes líneas de acción: la conservación de la flora, la investigación y la educación ambiental. Aquí se estudia y se genera conocimiento sobre la biodiversidad de Santander para contribuir a que se tomen mejores decisiones y se preserve nuestra riqueza natural; al mismo tiempo, ese conocimiento se comparte mediante estrategias pedagógicas que buscan despertar una conciencia más profunda sobre el valor de las especies y los ecosistemas: “El Jardín, así, no solo conserva la naturaleza: ayuda a entenderla y a quererla”, dijo Reyes Nova.

Hermoso lago del Jardín Botánico Eloy Valenzuela. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Hermoso lago del Jardín Botánico Eloy Valenzuela. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

Tal vez por eso, más de cuatro décadas después de aquella moneda lanzada al Pozo de los Deseos, el Jardín Botánico Eloy Valenzuela es hoy un encuentro entre pasado y presente, entre la memoria de quienes lo imaginaron y las generaciones que ahora recorren sus caminos.

Un jardín y un lago para aprender a amar la vida. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)
Un jardín y un lago para aprender a amar la vida. (Foto: Byron Pérez / VANGUARDIA)

Es un refugio de biodiversidad, un aula al aire libre y, sobre todo, una invitación a detenerse. Quien todavía no lo conoce debería regalarse el tiempo de visitarlo; y quien ya estuvo, probablemente entenderá por qué siempre quedan ganas de regresar.

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